En la parábola del Evangelio, que leemos hoy, se presenta un fuerte contraste entre la delicadeza del dueño de la viña y la respuesta a quienes ha sido arrendada. El propietario puso todos los medios: “plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó una torre, la arrendó a unos labradores y se marchó de viaje”. Sin embargo, los labradores no quieren dar los frutos legítimos al dueño de la viña. Han pasado de recibir una viña para cuidarla ha considerarse dueños de la viña y se defienden del legítimo propietario como si éste fuera a “robarles” lo que consideran es de ellos. Ante esto, el dueño muestra su paciencia y en lugar de actuar contra los viñadores “les envió de nuevo otros criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo”. Cualquiera de nosotros no hubiéramos esperado más para denunciar y exigir la devolución de la viña; sin embargo, les dará una nueva oportunidad: “por último les mandó a su hijo, diciéndose: Tendrán respeto a mi hijo”. De nuevo la respuesta de los labradores es de rechazo, pero ahora con una mayor violencia: al ver al hijo, se dijeron: “Este es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia. Y, agarrándolo, lo empujaron fuera de la viña y lo mataron”. En este punto la relación entre el dueño de la viña y los viñadores da un giro radical. Ya no hay una nueva oportunidad y la sentencia no se hace esperar: “Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores, que le entreguen los frutos a sus tiempos” ¿Significa esto que se ha terminado la paciencia del dueño de la viña y toma la decisión de vengarse por la muerte de su hijo? Podría ser así, pero esto no encaja con la imagen del Padre que nos revela Cristo: un Dios rico en misericordia (Ef 2,4). El Señor usa de paciencia con los labradores, pero estos, finalmente, toman una decisión definitiva: “le matamos y nos quedamos con la herencia”. Ese carácter definitivo expresado con la muerte del hijo contiene ya la sentencia. Matar al hijo es algo que ya no tiene modo de deshacerse. Ya no hay posibilidad de dar “marcha atrás”. La sentencia que sigue no es fruto del deseo de venganza, en realidad la han pronunciado los labradores al hacer definitiva su decisión.

Esta parábola no es únicamente algo que refleje la situación de infidelidad del pueblo de Israel con Dios. Lo es también de la de cada hombre. Y contiene una advertencia, que no es una amenaza. Dios usa de paciencia con nosotros, pero nosotros debemos ser conscientes de que con nuestra libertad podemos tomar una decisión sin retorno. Y esto debería llevarnos a meditar sobre las consecuencias de nuestros actos. Reconocer que no somos dueños de nuestras cualidades, ni de nuestras vidas. Nosotros somos arrendatarios. Por ello debemos volvernos a Dios y hacer de su voluntad respecto a cada uno el criterio para nuestra libertad.

María es la criatura que mejor a ejercido su libertad haciéndose la esclava del Señor. Que ella nos ayude a ser libres haciéndonos también sus esclavos.