“Un hombre tenia dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: Padre, dame la parte que me toca de la fortuna. El padre les repartió́ los bienes. No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se marchó a un país lejano, y allí́ derrochó su fortuna viviendo perdidamente”. El hijo menor, a pesar de haber recibido todo del padre, no quiere seguir viviendo con su padre. “A una decisión de ese género no se llega de repente: que esto no se nos olvide. Ya antes habría consentido pensamientos solapados de rebeldía, de crítica contra su padre, de celos hacia su hermano, soñando con ‘liberarse’, con ser ‘autónomo’.” (San Juan Pablo II, Exhortación “Reconciliación y penitencia” 17)

En el fondo, el pecado del hombre es un misterio. Poniendo blanco sobre negro, supone que le diga un hijo a su padre “no quiero vivir con quien me ha dado todo”, “no quiero estar con quien de verdad me hace libre, porque quiero vivir a mi aire, ¡libremente!” Para finalmente acabar sólo y lleno de tristeza y amargura. ¿Cómo comprender que una criatura se vuelva contra Aquel que le ha dado todo? Le ha hecho hijo suyo, consorte de la naturaleza divina, llamado a una relación de intimidad en la que Dios mismo se nos da ¿Cómo es posible semejante rebelión? Sólo si “algo” oscurece su entendimiento y debilita su voluntad. San Juan Pablo II, nos lo recuerda en la Exhortación Reconciliación y penitencia 14 “La realidad del pecado es un “misterio de la iniquidad” (2 Tes 2,7): obra de la libertad del hombre y de factores que se sitúan más allá de lo humano. Donde conciencia, voluntad y sensibilidad están en contacto con las oscuras fuerzas del mal” ¡El demonio está detrás, sin él no se entendería el pecado! Desde el pecado original ha introducido una duda sobre la bondad de Dios, de que quiera mi bien (no de su existencia).

Hoy hemos desvinculado el pecado de nuestra relación con Dios, ya sólo es un error, un descuido, una limitación, … Por ello no hay más que pecados contra el prójimo, los tres primeros de la Tabla no existen. La secularización del pecado – reducido al ámbito de la conciencia individual, entendida en clave subjetivista -, lleva a la pérdida del sentido del pecado, reducido a sentimiento subjetivo de culpa– “no siento que esté en pecado” -. El pecado ya no es una decisión libre, un acto deliberado, nada tiene que ver con el conocimiento objetivo sobre la verdad y el bien del hombre. Esto se vuelve contra el hombre: a solas con sus fuerzas, prescinde de la gracia que sana, transforma y por eso perdona. La misericordia reducida a sentimiento. Trampa mortal, porque los sentimientos van y vienen. Nuestros pecados no nos llevan a la felicidad. Al hijo pródigo le duró poco la supuesta libertad y felicidad.

Sin embargo, el pecado no tiene la última palabra (Ratzinger, Misa antes del Cónclave, 21-IV-2005) ¡cómo iba a tener la última palabra el demonio o nuestra miseria! ¡Dios es más grande que nuestro pecado! “Donde abundó el pecado sobreabundó la gracia” (Rm 5,20). “La misericordia de Dios ha puesto un límite al mal” (Juan Pablo II, Memoria e identidad). Es como Dios dijera al mal ¡Hasta aquí llega tu poder! Dios rico en misericordia (cf. Ef 2,4) sale a nuestro encuentro y nos pone “el mejor traje”: su Hijo ¡nos reviste de Cristo! Y hace todas las cosas nuevas. Nos permite recomenzar de nuevo (cf. Ap 21,5).

Que María, refugio de los pecadores nos ayude a regresar como el hijo pródigo una y otra vez.