En el Evangelio de hoy, el Señor nos insiste en la necesidad de convertirnos y de las consecuencias de no hacerlo: “si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera”. Y para que comprendamos lo que esto supone no cuenta una parábola de una higuera que no termina de dar el fruto que el dueño tiene derecho a esperar y su decisión de arrancarla. Pero la mediación de quien cuida la higuera pidiendo que espere a que, tras cavar alrededor y abonarla, consigue un tiempo extra, otra oportunidad. Podemos extraer algunas lecciones de esto. Primero la necesidad de convertirse, si no lo hacemos seremos “arrancados”, apartados del dueño de la higuera. Al mismo tiempo saber que contamos con los cuidados del encargado de que demos fruto. Es decir, no estamos solos en esa tarea de la conversión. Frente a la realidad del pecado del hombre, la respuesta de Dios es un plan de salvación. El hombre no queda sólo ante su pecado; hay algo más que experiencia de culpa, por la iniciativa de Dios cabe el arrepentimiento. Si bien es verdad que la conversión en esta tierra nunca es una meta plenamente alcanzada: en el camino que el discípulo está llamado a recorrer siguiendo a Jesús, la conversión es un empeño que abarca toda la vida. Por eso vamos de conversión en conversión.

“La conversión a Dios consiste siempre en descubrir su misericordia, es decir, ese amor que es paciente y benigno a medida del Creador y Padre; el amor, al que Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo es fiel hasta las últimas consecuencias. (…) El auténtico conocimiento de Dios, Dios de la misericordia y del amor benigno, no solamente como momentáneo acto interior, sino también como disposición estable, como estado de ánimo. Quienes llegan a conocer de este modo a Dios, quienes lo “ven” así, no pueden vivir sino convirtiéndose sin cesar a Él. Viven pues in statu conversiones; es este estado el que traza la componente más profunda de la peregrinación de todo hombre por la tierra in statu viatoris” (San Juan Pablo II, Encíclica “Dives in mesicordia”, 13). Tras la experiencia de la falta de frutos de verdadera caridad, está la misericordia de Dios que se propone cuidarnos. “Éste es el momento para decirle a Jesucristo: «Señor, me he dejado engañar, de mil maneras escapé de tu amor, pero aquí estoy otra vez para renovar mi alianza contigo. Te necesito. Rescátame de nuevo, Señor, acéptame una vez más entre tus brazos redentores».” (PapaFrancisco, Exhortación “Evangelii Gaudium.” 3).

Para que la conversión sea verdadera, hemos de darnos cuenta de qué es lo que nos aleja de Dios, qué impide dar esos frutos que tiene derecho a esperar de nosotros. En esto consiste el examen de conciencia: introducirse en ese “santuario interior” para ver la bondad o malicia de nuestras acciones. Después de pedirle ayuda, para ver claro, vamos pensando cuáles han sido los pecados concretos que hemos cometido desde la última vez que hemos acudido a la reconciliación. Es muy bueno no quedarse en la materialidad de las faltas, sino profundizar un poco más, viendo las actitudes que nos han alejado del Señor, es decir, preguntándonos el porqué, cuáles son las raíces de esos actos. No es introspección psicológica, sino un conocimiento real de cuál es mi situación de cara a Dios: las exigencias de su amor, y las faltas de correspondencia por mi parte.

Que nuestra Madre nos ayude a tomar conciencia de la necesidad, de la urgencia de vivir en esa conversión permanente.