La pregunta de San Pablo a los discípulos de Éfeso: “¿Recibisteis el Espíritu Santo al aceptar la fe?” nos la podemos hacer cada uno en estos días previos a Pentecostés. Cada uno deberíamos preguntarnos si realmente dejamos actuar al Espíritu Santo en nuestra vida, si le tratamos. Debemos reavivar la consciencia de su acción en nosotros. San Juan Pablo II nos recordaba: “Lo que en la plenitud de los tiempos se realizó por obra del Espíritu Santo, solamente por obra suya puede ahora surgir de la memoria de la Iglesia” (Juan Pablo II, Encíclica “Dominum et vivificnatem”, 50).

La gracia, vida divina, nos viene por Cristo – encarnado por obra del Espíritu Santo -. Con El nos ha sido dado todo. Este don de Dios al hombre sólo puede “resurgir”, actualizarse, en cada uno por obra del Espíritu Santo. Hemos de tratarle para reavivar los carismas recibidos (cfr. 2 Tim 1,6). En el bautismo recibimos las virtudes teologales (fe, esperanza y caridad), los dones del Espíritu Santo (sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios), la filiación divina. En la confirmación, recibimos “la efusión plena del Espíritu Santo (…) que confiere crecimiento y profundidad a la gracia bautismal; nos introduce más profundamente en la filiación divina (…) aumenta en nosotros los dones del Espíritu Santo” (Catecismo de la Iglesia nº 1302-1303); recibimos también los frutos del Espíritu Santo: caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia, castidad (cfr. Gál 5,22-23). Las gracias del perdón de los pecados. ¡A Cristo mismo en la Eucaristía! La transustanciación es realizada por el Espíritu Santo. Agradezcamos su obra en nuestra alma y agradezcamos sus dones, especialmente en estos días.

“Tratar al Espíritu Santo es procurar escuchar su voz, «que te habla a través de los acontecimientos de la vida diaria, a través de las alegrías y los sufrimientos que la acompañan, a través de las personas que se encuentran a tu lado, a través de la voz de tu conciencia, sedienta de verdad, de felicidad, de bondad y de belleza” (San Juan Pablo II, Discurso, 5-VI-2004).

El don del Espíritu Santo supone un nuevo nacimiento. “Según el Evangelio de San Juan, el Espíritu Santo nos es dado con la nueva vida, como anuncia y promete Jesús el día grande de la fiesta de los Tabernáculos: ‘si alguno tiene sed, venga a mí, y beba el que cree en mí, como dice la Escritura: De su seno correrán ríos de agua viva’. Y el evangelista explica: ‘Esto decía refiriéndose al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en él’. Es el mismo símil del agua usado por Jesús en su coloquio con la Samaritana, cuando habla de una ‘fuente de agua que brota para la vida eterna’, y en el coloquio con Nicodemo, cuando anuncia la necesidad de un nuevo nacimiento ‘de agua y de Espíritu’ para “entrar en el Reino de Dios” (San Juan Pablo II, Encíclica “Dominum et vivificantem” n. 1). Por Él conocemos y participamos de la vida de Dios.

Volvamos nuestra mirada a María y aprendamos de ella a tratar al Espíritu Consolador y a ser dóciles a su acción.