San Pablo les manifiesta a los presbíteros de Éfeso, camino de Jerusalén: “No sé lo que me pasará allí, salvo que el Espíritu Santo, de ciudad en ciudad, me da testimonio de que me aguardan cadenas y tribulaciones”. El Espíritu Santo le hace comprender lo que está por venir, pero esas “cadenas y tribulaciones” no le preocupan, tampoco “me importa la vida, sino completar mi carrera”.

El mismo Espíritu que le permite conocer lo que le aguarda, le prepara para superar todas esas pruebas, para llenar su corazón de esperanza y consuelo. El don de inteligencia permite reconocer los designios de Dios. Es una “luz del Espíritu, al mismo tiempo que agudiza la inteligencia de las cosas divinas, hace también más límpida y penetrante la mirada sobre las cosas humanas. Gracias a ella se ven mejor los numerosos signos de Dios que están inscritos en la creación. Se descubre así la dimensión no puramente terrena de los acontecimientos, de los que está tejida la historia humana. Y se puede lograr hasta descifrar proféticamente el tiempo presente y el futuro: ¡signos de los tiempos, signos de Dios!” (San Juan Pablo II, Audiencia 9 de abril de 1989).

Al mismo tiempo, la fortaleza le capacita para dar testimonio. Así dará gloria a Cristo siendo instrumento suyo para Él siga “manifestando su nombre a los hombres”.Para resistir en las pruebas el Espíritu Santo nos prepara con el don de fortaleza. “Quizás nunca como hoy la virtud moral de la fortaleza tiene necesidad de ser sostenida por el homónimo don del Espíritu Santo. El don de la fortaleza es un impulso sobrenatural, que da vigor al alma no sólo en momentos dramáticos como el del martirio, sino también en las habituales condiciones de dificultad: en la lucha por permanecer coherentes con los propios principios; en el soportar ofensas y ataques injustos; en la perseverancia valiente, incluso entre incomprensiones y hostilidades, en el camino de la verdad y de la honradez. (…) Cuando experimentamos, como Jesús en Getsemaní, “la debilidad de la carne” (cf. Mt 26, 41; Mc 14, 38), es decir, de la naturaleza humana sometida a las enfermedades físicas y psíquicas, tenemos que invocar del Espíritu Santo el don de la fortaleza para permanecer firmes y decididos en el camino del bien. Entonces podremos repetir con San Pablo: “Me complazco en mis flaquezas, en las injurias, en las necesidades, en las persecuciones y las angustias sufridas por Cristo; pues, cuando estoy débil, entonces es cuando soy fuerte” (2 Co 12, 10)” (San Juan Pablo II, Audiencia 14 de mayo de 1989). Por El vivimos vida divina, somos la gloria de Dios. “Entonces se puede repetir verdaderamente que la ‘gloria de Dios es el hombre viviente, pero la vida del hombre es la visión de Dios’: el hombre, viviendo una vida divina, es la gloria de Dios, y el Espíritu Santo es el dispensador oculto de esta vida y de esta gloria (San Juan Pablo II, Encíclica “Dominum et vivificantem” n. 59.).

Que María, nuestra Madre, avive en nuestros corazones el don de inteligencia y de fortaleza para ver las cosas con perspectiva sobrenatural y no tengamos miedo al mundo.