“Tened cuidado de vosotros y de todo el rebaño sobre el que el Espíritu Santo os ha puesto como guardianes”. Esta admonición de San Pablo a los presbíteros de Éfeso es también válida para nosotros. El Espíritu Santo nos ha puesto a unos frente al rebaño de un matrimonio, de unos hijos, de unos amigos, de unos compañeros de trabajo… Tomar conciencia de esta misión, para la que no estamos solos y la que, ciertamente, vamos a encontrar dificultades porque el enemigo de Cristo no duerme, no deja de hacer su siembra contra la obra del Espíritu. Muy consciente de esto San Pablo ya nos avisa: “Yo sé que, cuando os deje se meterán entre vosotros lobos feroces que no tendrán piedad del rebaño”. Y nos da dos medios para hacer cuidar a ese rebaño encomendado. Primero, “estad alerta (…) Os encomiendo a Dios y a la palabra de su gracia, que tiene poder para construiros y haceros partícipes de la herencia con todos los santificados”. La Palabra de Dios es un instrumento eficaz, “como espada de doble filo” y la oración, contamos con la fuerza de la oración de Jesús: “Padre, guárdalos en tu nombre”.

Debemos dejar al Espíritu Santo conformar nuestra mente y nuestro corazón a la medida de la mente y del corazón de Cristo. La Iglesia recomienda insistentemente a todos sus fieles la lectura asidua de la Escritura para que adquieran ‘la ciencia suprema de Jesucristo’ (Flp 3, 8)” (Catecismo de la Iglesia Católica 2653). La meditación asidua de la Palabra de Dios favorece la formación de una mentalidad, de un modo de contemplar el mundo con sabiduría, en la perspectiva del plan de salvación de Dios. Juzgar los acontecimientos a la luz del Evangelio. En eso estriba la sabiduría sobrenatural, sobre todo como don del Espíritu Santo, que permite juzgar bien a la luz de las razones últimas, de las cosas eternas. La sabiduría se convierte así en la principal ayuda para pensar, juzgar y valorar como Cristo todas las cosas, tanto las grandes como las pequeñas. “A esa meta se puede llegar dejándose guiar por el Espíritu Santo en la meditación del Evangelio, que favorece la profundización de la unión con Cristo, ayuda a entrar cada vez más en el pensamiento del maestro y afianza la adhesión a él de persona a persona” (San Juan Pablo II, Audiencia general 2 – VI – 1993, nº 4)

No olvidemos que, como nos recuerda el Señor en el Evangelio, estamos llamados “guardarlos” en su nombre. La unión con Cristo es la piedra angular para cuidar el rebaño encomendado. Hemos pues de oír su voz y ser dóciles a su Espíritu. Sin perder de vista que el Señor nos ha guardado entregando su vida. Es pues necesaria la disposición a morir a uno mismo para cuidar “todo el rebaño sobre el que el Espíritu Santo os ha puesto como guardianes”.

Que María, Madre de todos los hombres, nos ayude en esta encomienda de su Hijo.