En el Evangelio vemos a Jesús en varios momentos haciendo partícipes de su oración al Padre. Hoy nos presenta una oración de Cristo de una gran trascendencia. Ruega al Padre para que todos seamos uno y que lo seamos en el Padre, como Él lo es el Padre. No nos acostumbremos a estos “sueños” de Cristo ¡entrar en comunión con Dios! Introducirnos en la intimidad de Dios, que nosotros participemos de Él, de su vida. No dejar de asombrarnos de este deseo de Dios. No se trata de un mero recordar. Saber que Jesús pide al Padre que seamos unos con ellos, que Dios quiere hacernos partícipes de su vida divina, ha de influir y transformar cuanto hacemos, el modo en que vivimos todas las cosas.

Dios no está allá en “el Olimpo”, desentendido de la vida de los hombres. Dios quiere atraernos suavemente hacia Él por la acción del Espíritu Santo. Por lo tanto, nos dice San Pablo, “ya no sois extraños y advenedizos sino conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios” (Ef 2, 19). Dios ha querido escondernos en lo escondido de su morada (cf. Sal 27, 5).

Muchas cosas importantes dependen de esta oración de Jesús: nuestra comunión con Dios y que el mundo crea en Jesucristo.Por tanto, no es una cosa más. La unidad es el instrumento para que el mundo crea. Pero no se trata de algo meramente formal: no es la “convivencia pacífica”, el trato educado, … Es mucho más. Porque esta unidad es un misterio de comunión de los hombres en Dios, Uno y Trino. Esta unidad es obra de Dios, fruto de la oración de Cristo, que pide al Padre: “guarda en tu nombre a aquellos que me has dado, para que sean uno como nosotros”, “que sean uno como nosotros somos uno. Yo en ellos y Tú en mí”. San Juan Pablo II nos recordaba cómo “la comunión de los cristianos no es más que la manifestación en ellos de la gracia por medio de la cual Dios nos hace partícipes de su propia comunión, que es su vida eterna” (Encíclica “Ut unum sint”, n. 9).

Es el Espíritu Santo el constructor de este admirable misterio de unidad, como rezamos en uno de los Prefacios de la Misa por la Unidad de los Cristianos. Por ello antes de programar iniciativas concretas, hace falta promover una verdadera espiritualidad de la comunión, significa ante todo una mirada del corazón sobre todo hacia el misterio de la Trinidad que habita en nosotros, y cuya luz ha de ser reconocida también en el rostro de los hermanos que están a nuestro lado. Significa, además, capacidad de sentir al hermano de fe en la unidad profunda del Cuerpo místico y, por tanto, como «uno que me pertenece». es también capacidad de ver ante todo lo que hay de positivo en el otro, para acogerlo y valorarlo como regalo de Dios: un «don para mí», además de ser un don para el hermano que lo ha recibido directamente. Espiritualidad de la comunión es saber «dar espacio» al hermano, llevando mutuamente la carga de los otros (cf. Ga 6,2) y rechazando las tentaciones egoístas que continuamente nos asechan y engendran competitividad, desconfianza y envidias. No nos hagamos ilusiones: sin este camino espiritual, de poco servirían los instrumentos externos de la comunión. Se convertirían en medios sin alma, máscaras de comunión más que sus modos de expresión y crecimiento. (cf. San Juan Pablo II, Encíclica Novo Milenio n. 43).

María, Maestro y modelo de la Unidad por la que ha rogado su Hijo y por la que ha pagado un precio tan alto, abra nuestros corazones a la acción del Espíritu Santo en nuestra almas para que seamos uno como Él y el Padre.