La conversación entre Jesús y San Pedro no fue una más. En ella le pedirá que confirme su amor y Cristo le pondrá al frente de sus ovejas. Además, la pregunta por su amor a Él la repite tres veces, el mismo número de veces que San Pedro negó haberle conocido sólo unos días atrás. Algo que no le pasó desapercibido a San Pedro, quien se entristeció de que le preguntara por tercera vez. Consideraremos brevemente estos tres elementos.

Primero la pregunta por el amor. “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?” Jesús no viene a preguntarle si será capaz de no volver a negarle o desempeñar la misión que le va a encomendar. Sólo le pregunta por su amor. Es como si le dijera, Pedro ¿aún me amas? a pesar de tus pecados ¿aún me amas? Cuando el Señor sale a nuestro encuentro nos pregunta esencialmente por nuestro amor, por nuestra disposición, no por nuestra capacidad, por nuestra seguridad en ser capaces de hacer las cosas bien. Y es que a Dios sólo le interesa de nosotros una cosa: que le amemos, que le entreguemos lo único que Él no puede “forzar”: nuestra libertad. Por eso no tengamos nunca temor de mirar a Cristo, de dejarle que nos hables al corazón. Sólo viene a preguntarnos por nuestro amor. Seguro que esta pregunta directa de Jesús se le clavaría en el alma a San Pedro y le habrá servido de criterio tantas veces. Al preguntarle por tercera vez, la respuesta de San Pedro contiene una novedad importante. Ahora ya no se remite al conocimiento de sí mismo, a sus fuerzas. En la tercera respuesta se remite al conocimiento que Jesús tiene de su corazón: tú sabes todo, tú sabes que te amo. Cuántas veces tú y yo tendremos que hacer lo mismo y le diremos al Señor:  tú sabes que en ocasiones me gana la soberbia o la pereza, o el egoísmo…, pero sólo tú conoces cómo a pesar de todos mis pecados yo te amo.

Lo segundo que quiero considerar es que a pesar de haber negado tres veces a Jesús, sigue confiando en San Pedro. Lo normal hubiera sido que le encargara la misión de apacentar a su rebaño a San Juan, que estuvo hasta el final con Jesús. Pero no lo hizo, porque San Pedro es un hombre humilde, que se deja ayudar, que se arrepintió y lloró su traición. También a nosotros nos confía a parte de su rebaño (la esposa o el esposo, los hijos, los padres, los amigos…) y no deja de hacerlo a pesar de nuestras limitaciones, porque si le permitimos al Espíritu Santo nos hará instrumentos divinos y podremos corresponder. Lo determinante no es nuestra capacidad de hacer cuanto de dejarnos hacer. En este sentido hemos de aprender a ser dóciles a la acción del Espíritu Santo. “Los que son guiados por el Espíritu de Dios, estos son hijos de Dios” (Rm 8,14).

Lo tercero es el entristecerse de San Pedro ante el número de preguntas. El mismo que las negaciones. La intención de Cristo no es la de humillarle o recriminarle su cobardía, sino de que “tome nota” que al Maestro no le preocupa su fragilidad, con la que cuenta desde el principio. Inmediatamente antes de anunciarle que le negaría por tres veces, Jesús le dijo: “Simón, Simón, he aquí que Satanás os ha reclamado para cribaros como el trigo. Pero yo he rogado por ti para que no desfallezca tu fe; y tú, cuando te conviertas, confirma a tus hermanos (Lc 22, 31-33). Quiere traerle a la memoria su oración por él, que no se sorprenda de su pecado, porque tiene que convertirse.

Pidamos a María, Madre del Amor Hermoso, que no deje interceder por nosotros y recordarnos que el amor que se nos pide se nos ha dado antes en el Espíritu Santo.