Tras ese diálogo tan especial entre el Maestro y San Pedro, en que le encomienda el pastoreo de su rebaño, San Pedro se da cuenta de que les está siguiendo San Juan y le pregunta a Jesús: “Señor, y éste ¿qué?”. Quizás el motivo de la pregunta esté en el hecho de que San Juan haya sido el único de los discípulos que ha seguido al Maestro y ha estado al pie de la cruz viéndole morir. Y, esto supondría una especial predilección. Si a él que negó por tres veces le han encomendado el cuidado de la Iglesia cuánto más le correspondería a San Juan.

La respuesta de Jesús: “Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué? Tú sígueme”. Deja bien claro que no hay ninguna relación entre los méritos humanos y la elección de Dios. Él no nos llama en función de nuestros méritos o las virtudes que poseemos, sino precisamente lo hace al revés. Primero nos ha elegido y luego nos ha creado con todas las cualidades y virtudes necesarias “¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste ¿por qué te glorias, como si no lo hubieras recibido?” – 1 Cor 4,7 -. Sólo a la luz de nuestra vocación, adquieren pleno sentido los dones de Dios, porque sólo al servicio de esa llamada podemos emplearlos totalmente para su gloria. La elección precede a nuestra existencia, es más, determina la razón de ser de nuestra existencia. Podemos decir que Dios ‘primero’ elige al hombre, en el Hijo eterno y consubstancial, a participar de la filiación divina, y sólo ‘después’ quiere la creación, quiere el mundo” (San Juan Pablo II, Discurso, 28-V-1986, nº 4).

Además de confirmarle a San Pedro su encargo: “tú sígueme”. Preocúpate de seguirme. La respuesta a la vocación es personal. No pierdas el tiempo en conocer el plan sobre los demás. “Si miramos el final del Evangelio de San Juan, Jesús tiene las últimas palabras con San Pedro. Las palabras de despedida con que Jesús le deja son exactamente las de su vocación, que escuchó en las mismas riberas del lago de Genesareth, pero más personales y apremiantes. No solo: ¡Sígueme!; sino: ¡Tú sígueme! ¿Qué te importan los demás? Se trata de ti, que te he escogido, salvado, tomado y que te guardo. Tú, Pedro, sígueme. A mí, al que tú amas, a Aquel cuya verdadera naturaleza conoces, Hijo de Dios, convertido en Hijo del hombre, Redentor de todos los hombres, de quienes quiero hacer hijos de Dios. ¡Tú conmigo! Puesto que no estás solo, ya no sucumbirás más. Cuando hables dirás lo que pienso y lo que quiero. Cuando sufras te conservaré en paz ¡Tú y Yo! Dios ya no es invisible y lejano para el hombre, me he acercado a vosotros, he habitado entre vosotros (…) Yo soy tu ley, tu fuerza, tu recompensa (…) No te dejes influenciar por deseos, temores o intereses humanos (…) ¡Tú sígueme! No sigas más que a mí” (G. Chevrot, “Simón Pedro”, p. 300).

Que María, Madre de Dios y Madre Nuestra nos enseñe a escuchar la voz de su Hijo y saber ponernos a la disposición de su llamada.