Pentecostés es una de las tres grandes fiestas de los judíos. Suponía peregrinar a la ciudad Santa adorar y dar gracias en el Templo. Esto explica la gran cantidad de gentes de todas partes que se congregaron esos días en Jerusalén. En la Primera Lectura leemos que “se encontraban entonces en Jerusalén judíos devotos de todas las naciones de la tierra”. Tiene su origen en la celebración de la cosecha, cincuenta días después de Pascua. Con la venida del Espíritu Santo se le da un nuevo contenido a la fiesta judía, como sucede con la Pascua. La cosecha material que los judíos celebran son símbolo de la cosecha espiritual. Ahora Pentecostés es también el nacimiento de la Iglesia como cosecha de Cristo, que nace de su costado abierto. Después del discurso de Pedro “se convirtieron más de 3.000 judíos”.

La acción del Espíritu Santo viene simbolizada por el fuego que ilumina: Al iluminar la inteligencia de los discípulos, les hace entender las enseñanzas de Cristo. El fuego también inflama, calienta: Al inflamar de amor los corazones, elimina el temor “estaban encerrados por temor a los judíos”. El fuego, además, purifica: “recibid al Espíritu Santo, a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos”. Esta es la acción del Espíritu Santo en nuestras almas. Ilumina nuestro entendimiento para comprender y aceptar la palabra de Cristo: “Nadie puede decir Jesús es Señor, si no es bajo la acción del Espíritu Santo”. Llena nuestro corazón de amor y fortalece nuestra voluntad para toda clase de obra buena. Nos purifica de nuestros pecados por el sacramento de la reconciliación, y nos devuelve la paz de Cristo: “Paz a vosotros”.

A través de su Iglesia hemos recibido la Palabra de Dios que creemos, la gracia que nos fortalece y el perdón de los pecados. ¡Podemos vivir como criaturas nuevas! regeneradas, podemos vivir según el Espíritu Santo que ha sido derramado en nuestros corazones por Jesucristo. Vivir según el Espíritu es vivir de fe esperanza y caridad, las tres virtudes teologales infundidas en nuestro bautismo. Con el bautismo, que hemos recibido en la Iglesia, recibimos el germen de las virtudes teologales que habrán de crecer con nuestra correspondencia. Esto es algo que no se improvisa: es fruto del crecimiento de la gracia y de nuestra correspondencia. Requiere paciencia y constancia el la recepción de la gracia sacramental y en la lucha por corresponder.

El Espíritu Santo transforma el pan en Cristo y a Cristo en nosotros. Momentos antes de la consagración de las especies eucarísticas, en la epíclesis, pedimos: “Santifica estos dones con la efusión del Espíritu Santo de manera que sean para nosotros Cuerpo y Sangre de Jesucristo”. Y quedamos como envueltos por el Espíritu Santo, que será quien realice toda esta transformación, en el pan y en nuestro corazón.

María que concibió a Cristo por obra del Espíritu Santo, preside el nacimiento de la Iglesia, cuando el mismo Espíritu Santo desciende sobre los apóstoles, haga que en nuestras vidas se de un nuevo Pentecostés que transforme nuestros miedos, nuestra fragilidad, que inflame nuestros corazones de la caridad de su Hijo.