En el Evangelio de hoy, sorprende lo que parece una dura condena a tener bienes. “Os aseguro que difícilmente entrará un rico en el reino de Dios”. Y para no dejar lugar a dudas insiste con fuerza: “Os lo repito: más fácil le es a un camello por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el Reino de Dios”. Sorprende esa exclusión del Reino porque el mismo Señor no ha tenido inconveniente en alabar a un amigo rico como Zaqueo, a quien dice “conviene que hoy me quede en tu casa (…) Hoy ha llegado la salvación a esta casa” (Lc 19, 5.9). El mismo Lázaro, o Nicodemo, tampoco eran hombres de pocos recursos económicos, y eran muy buenos amigos de Jesús. A Nicodemo lo recibió en varias ocasiones y en casa de Lázaro se alojó y comió con sus discípulos. Esto, de entrada, no nos permite comprender la afirmación de Jesús en el sentido de tener riquezas y no poder “entrar en el reino de Dios”. No puede ser esto lo que se “condena”. Jesús no ha condenado en ningún lugar la tenencia de bienes materiales, ni el dinero, ni nada parecido. Tiene que tratarse de otra cosa. Además, el Señor se dirige a sus discípulos, no al grupo más grande y variable de sus seguidores. Los discípulos no son precisamente hombres ricos. En este sentido sólo San Mateo, el recaudador de impuestos, podría tener “ahorros”. San Pedro, ciertamente era “patrón” porque tenía varias barcas para pescar en el Lago, pero no tenía la flota pesquera, era patrón de cuatro trastos. Si, por tanto, no eran ricos ¿porqué “se quedaron espantados”? ¿Porqué se van sentir excluidos del “reino de Dios”? O porqué le dicen al Señor: “entonces, ¿quién puede salvarse?” los discípulos han comprendido que se les está hablando de algo distinto a tener bienes, y en ese “algo más” sí se sienten comprometidos. Eso sí les parece más difícil de vivir.

San Mateo ha querido poner seguidas las escenas del “joven rico” (la leímos ayer) y la de hoy. De tal modo que se iluminan mutuamente. Al “joven rico” le pedía su corazón y a los discípulos que lo liberen no poniendo su corazón ni su confianza en los bienes materiales, sino aprender a vivir abandonados en la Providencia de Dios ¡Y esto ya no es tan fácil! Cuántas veces hemos sentido un cierto vértigo ante la petición del Señor: no te preocupes, yo proveeré, fíate, no temas otro hijo, o no temas hacerte cargo de tus padres, etc. Cuántas veces no le hemos dicho: no me parece prudente, no están los tiempos para estas cosas…

Muchas veces ponemos el corazón en los bienes, en disponer de ellos y hacerlo según nuestro propio criterio. Hemos de aprender a desear, a “buscar los bienes de allá arriba donde está Cristo (…) aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra” (Col 3, 1-3). Esta es la tarea que nos muestra el Evangelio de hoy. Dar el salto, soltar “lastre” y falsas seguridades. El Señor le dice a Zaqueo: “hoy ha llegado la salvación esta casa”, sólo cuando ha descubierto que los bienes que le trae Cristo, el Reino, son incomparables con los bienes de la tierra. Cuando ha cambiado su corazón y empieza a desprenderse de estorbos para el Cielo: “Señor, doy la mitad de mis bienes a los pobres, y si he defraudado en algo a alguien le devuelvo cuatro veces más”.

Le pedimos hoy a Nuestra Madre del Cielo que nos ayude a “soltar” cuanto nos aparta de su Hijo Jesucristo.