“Vio Jesús que se acercaba Natanael y dijo de él: Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño”. Y quien dice esto de San Bartolomé es la Verdad. Cuánto nos gustaría, al menos a mí, que Cristo pueda decir lo mismo. Hoy el mundo necesita especialmente reconocer que hay una verdad sobre el hombre, el mundo, sobre el bien. Y no esconderla con nuestro silencio ya sea por temor o por no resultar “políticamente” incorrecto. “Por motivos de paz, de caridad, se honra a lo esencial con el silencio. En las familias más unidas, en los amores más tiernos, hay temas de los que no hay que hablar. (…) Pero llega un momento en que este silencio sobre lo esencial ya no puede ser observado sin lesionar el deber de sinceridad y de verdad sin poner en peligro el núcleo mismo de lo esencial” (Jean Guitton, Silencio sobre lo esencial). No se puede descender a componendas con el amor a Cristo, a su Palabra, a la Verdad. La Verdad es Verdad, no hay componendas. La vida cristiana requiere, por así decirlo, el “martirio” de la fidelidad diaria al Evangelio, el valor para dejar que Cristo crezca en nosotros y sea Cristo quien dirija nuestro pensamiento y nuestras acciones. Pero esto puede suceder en nuestras vidas solo si es sólida la relación con Dios (cf. Benedicto XVI, audiencia 29-8-2012). Con la ironía fina de Chesterton, afirma cómo la verdad de las cosas no se puede negar sin caer en una sinrazón: puedes liberar las cosas de leyes ajenas o accidentales, pero no de las leyes de su propia naturaleza. Puedes, si lo deseas, liberar un tigre de sus barrotes; pero no lo liberas de sus rayas. No liberes un camello de la carga de su joroba: puedes estar liberándolo de ser un camello. No sigas alentando, como un demagogo, a que los triángulos salgan de la prisión de sus tres lados. Si un triángulo se deshace de sus tres lados, su vida llega a un triste fin (cf. C. K. Chesterton, “Razón, limitación, revolución”).

Para ello hemos de comenzar por ser veraces y sinceros. Al menos poner todo de nuestra parte para hacerlo. De lo contrario viviremos una mentira y quedamos como atrapados en ella. Sin sinceridad no pueden ayudarnos. Ir al médico y no ser sinceros, no decirle lo que realmente nos pasa, es un absurdo. Más bien, quien no quiera ser sincero, debería ir al veterinario para que averigüe por algún gesto o ruido lo que pasa, con todos mis respetos a los veterinarios. Además, Cuando falta la sinceridad, la convivencia es imposible porque no podemos fiarnos unos de otros. Sin verdad no podremos acertar con la verdad sobre el bien que debemos realizar para crecer como personas. Supone amar la verdad y no temerla, porque la verdad siempre trae el bien, lo bueno. La Verdad es más amada que creída; porque no sólo es Verdad, sino la manifestación máxima de la Bondad. A Dios no le engañamos nunca, a todos es posible que alguna vez, pero luego alguien acaba sabiendo. Al final nunca trae ninguna bien la mentira, la falta de sinceridad.

María, que ha concebido la Verdad en su seno porque antes la ha concebido en su corazón, nos ayude ser personas, que como en Natanael no haya engaño.