En el Evangelio de hoy un personaje hace una pregunta al Señor, que quizás nosotros nos hemos hecho más de una vez y no nos atrevemos a hacérsela a Jesús: “Señor ¿son muchos los que se salvan?” Jesús no responde directamente a la pregunta, pero sí lo hace a dos preguntas implícitas. “Esforzaos en entrar por la puerta estrecha”. “Y vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el reino de Dios. Mirad”.

Jesús no responde directamente sobre el número de quienes se salvan, sin embargo, sí responde al cómo salvarse: “Esforzaos en entrar por la puerta estrecha, pues os digo que muchos intentarán entrar y no podrán”. Es una afirmación muy seria: “muchos intentarán entrar y no podrán entrar”. El Señor no quiere que les paralice el temor (a nosotros tampoco), pero sí que no se salvarán sin luchar, sin esfuerzo. Jesús no nos dice que sólo quienes triunfen en la lucha se salvarán, sino quienes se esfuercen, es decir, lo determinante no es ganar en la lucha, sino luchar.Lo que Jesucristo nos dice es que, para salvarse, para entrar en el Reino hemos de esforzarse, “luchar” en el término griego original, para entrar por una puerta estrecha. Luchar con uno mismo.

Luchar para pasar por la puerta estrecha no es un capricho arbitrario de Dios. Es la consecuencia del pecado original que ha dejado en nosotros una inclinación al pecado que nos aparta de Dios. Todos tenemos defectos, en cada uno predominarán unos u otros y se manifestarán de manera diferente. Cada uno hemos de pedir al Espíritu Santo conocerlos, porque es ahí donde habremos de poner la lucha, el esfuerzo. Y no nos dejemos ganar por el desánimo ante los fracasos y la reiteración de nuestros pecados. Habrá defectos que nos acompañarán toda la vida y serán ocasión para pedir ayuda a Dios, crecer en humildad. Cuando decimos no puedo, esto es superior a mis fuerzas,…; se pregunta el San Juan Pablo II: “¿pero cuáles son esas concretas posibilidades del hombre? ¿De qué hombre se habla? ¿Del hombre dominado por la concupiscencia o del hombre redimido?” – Juan Pablo II, Alocución, 1 – III – 1984 -. No podemos olvidar que no estamos solos en la lucha por alcanzar la perfección, la santidad. Nos acompaña el designio y el deseo de Dios de que seamos santos e irreprochables ante El por el amor(cfr. Ef 1,4); nos acompañan los méritos de los santos, de la Virgen María, por la bendita comunión de los santos. Y, sobre todo, la gracia de Cristo, que nos hace criaturas nuevas(2 Cor 5,17), nos sana y fortalece con su gracia.

Jesús deja bien claro la universalidad de la salvación: “vendrán de Oriente y de Occidente, del Norte y del Sur y se sentarán a la mesa en el Reino de Dios”. Los cuatro puntos cardinales indican la totalidad. La universalidad de la salvación era también patente en el Antiguo Testamento; aunque algunos pervirtieron y olvidaron que eran el pueblo elegido, el instrumento escogido por Dios para llevar la salvación a todo el mundo. En la primera lectura: “Yo vendré para reunir a las naciones de toda lengua” y en el salmo “Alabad al Señor todas las naciones”. Quien hace la pregunta se refiere, por supuesto, a los judíos, pues se excluía a los gentiles. Generalmente se admitía que todos los judíos, por el hecho de serlo, se salvaban, ya que pertenecen al pueblo elegido. A nosotros nos puede pasar lo mismo. No basta con pertenecer al nuevo Pueblo de Dios – la Iglesia -; no basta decir que “hemos comido y bebido contigo”, nos puede contestar “¡No te conozco!”. Vale la pena que luchemos con nuestros defectos, para crecer en el amor a Dios y a los hombres.

María, Auxilio de los cristianos, nos acompañe en esa lucha alegre, llena de sentido sobrenatural, de optimismo, porque Dios no pierde batallas.