El evangelio nos presenta mujer que lleva 18 años sumida en la enfermedad por causa de un espíritu, que la tenía “encorvada”, sin poder enderezarse. Sin embargo, esta mujer va ala sinagoga, quizás movida por la costumbre y la rutina. Pero se encontró con una sorpresa: Cristo, que le dice – ¡y sucede así! – Mujer quedas libre de tu enfermedad. Esta puede ser la historia repetida de cada uno de nosotros. Podemos cada uno vernos retratados tantas veces en esta mujer. Cuántas veces un pecado dominante nos tiene como encorvados, sin poder levantar la mirada a Cristo, como desesperanzados y desanimados. Cuantas veces la desesperanza nos atenaza. Nos parece que lo nuestro no tiene solución, que no tenemos “arreglo”. Son muchos años cayendo en el mismo vicio, tropezando en la misma piedra, cometiendo el mismo pecado. Haces propósito de no volver a caer, pero no es difícil reconocer que, lejos de mejorar, somos reincidentes ¡Dieciocho años! Quizá más.

Y un día decidimos acudir a la Iglesia en busca de Jesucristo en la Eucaristía, a rezar, sin saber muy bien qué nos impulsa y, sin embargo, el Señor se sirve de ello para decirnos: déjate liberar. Déjate perdonar una vez más y déjame que haga en ti todas las nuevas una vez más. Y saldremos curados y sorprendidos.

Que nos dejemos ganar por el desánimo. Si llegaras a considerar un día que lo tuyo es un caso perdido, que no vas a poder, recuerda siempre a Jesús predicando en la sinagoga tal como nos lo describe el evangelio de hoy: Cristo tomando la iniciativa sobre tus defectos o, lo que es lo mismo, Cristo demostrando a los hombres lo irracional de desesperar, porque Él siempre puede hacer algo por nosotros y por los nuestros.

Volvamos nuestra mirada a Cristo una y otra vez, démosle el derecho a que nos hable, como nos recordaba Benedicto XVI en su primera Jornada Mundial de la Juventud como Papa en Colonia. Qué importante es esto. Dejar que nos hable, sabernos mirados con ternura y misericordia por Él. Esto no nos hará impecables, pero nos ayudará a luchar llenos de optimismo, sabiendo que Él no pierde batallas.

Pidamos a María, Madre nuestra, que, como haría tantas veces con los Apóstoles, nos recoja y nos llene de esperanza y confianza en el poder de la Palabra que se hizo carne en sus entrañas.