Terminado el tiempo de Navidad en el que hemos celebrado con gran alegría que “el Verbo de Dios se hizo carne y habita entre nosotros”, el Evangelio, en este primer lunes del tiempo ordinario, nos presenta el inicio de la vida pública de Jesús con la llamada a la conversión para acoger el reino de Dios que está cercano. Está en medio de nosotros, porque el tiempo se ha cumplido. “Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio”. De este modo la Iglesia nos invita a comenzar este nuevo tiempo litúrgico con esta disposición: convertir nuestra vida, convertir nuestra mirada del corazón a la medida del corazón de Cristo.

Cristo quiere contar con un grupo de discípulos para hacer resonar esta invitación a la conversión y esta buena noticia de que “se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios”. Por eso les va llamando uno a uno y los anima a dejarse transformar en pecadores de hombres. Estas palabras del Señor son también para nosotros. Hoy nos invita de nuevo el Señor por el ministerio de la Iglesia a colaborar en su misión., a convertirnos en pescadores de hombres.

Para hacernos pescadores de hombres debemos dejarnos transformar por la verdad, dejar que Él ilumine nuestros ojos y nuestro corazón, dejarnos rescatar de la oscuridad del pecado y de la muerte. El entonces Cardenal J. Ratzinger, recoge una cita de San Jerónimo en su libro “El camino pascual”: “Dice san Jerónimo que sacar los peces del agua significa liberarlos de las fauces de la muerte y de una noche sin estrellas, para darles el aire y la luz del cielo. Significa trasladarlos al reino de la vida, que juntamente es luz y visión de la verdad. La luz es vida, pues el elemento del que el hombre vive en lo profundo de su ser es la verdad, la cual es amor, al mismo tiempo”. El hombre, hoy como siempre, tiene necesidad de reconocer la verdad y dejarse moldear por ella. Hoy se hace particularmente urgente ser portadores de la alegría de haber sido rescatados por Cristo de la oscuridad y tristeza del pecado: del egoísmo, de la desconfianza mutua. Hoy cada uno de nosotros somos especialmente urgidos por Jesús a adentrarnos en el mar y rescatar a tantos hombres y mujeres que, aunque no lo reconozcan públicamente, viven sin esperanza. Para vivir el presente. “se nos ha dado la esperanza, una esperanza fiable, gracias a la cual podemos afrontar nuestro presente: el presente, aunque sea un presente fatigoso, se puede vivir y aceptar si lleva hacia una meta, si podemos estar seguros de esta meta y si esta meta es tan grande que justifique el esfuerzo del camino” (Benedicto XVI, Enc. Spes salvi, 1).

Que nuestra Madre, esperanza nuestra no ayude a dejarnos iluminar por la esperanza que su Hijo trae a todos los hombres.