En el Evangelio de hoy se nos presenta a Jesús en la ciudad de Cafarnaún, enseñando en la sinagoga. Enseña con una novedad que deja asombrados a sus oyentes: “porque les enseñaba con autoridad y no como los escribas”. Hoy Jesús sigue enseñando con su palabra en la liturgia de la Iglesia, en la meditación de la Sagrada Escritura, en la predicación. La cuestión ahora es si nosotros nos dejamos sorprender también por su enseñanza. Quizá debamos aprender de nuevo a dejarle que Él nos hable. “Redescubrir el camino de la fe para iluminar de manera cada vez más clara la alegría y el entusiasmo renovado del encuentro con Cristo. Se cruza ese umbral cuando la Palabra de Dios se anuncia y el corazón se deja plasmar por la gracia que transforma. Atravesar esa puerta supone emprender un camino que dura toda la vida” (Benedicto XVI, Porta fidei, 1). Pidamos esa docilidad para permitir que su Palabra nos transforma. Hemos de permitir que se nos anuncie la Palabra: dejarnos sorprender por el Evangelio para acercarnos a Cristo. Para ello se hace imprescindible el silencio exterior e interior para un diálogo sereno con Cristo.

También Jesús nos enseña al hablarnos en la Sagrada Escritura. La cuestión es si nosotros nos dejamos sorprender y asombrar por su enseñanza. Cuántas veces damos por sabido el Evangelio y no nos dejamos enseñar con su autoridad. “Debemos descubrir de nuevo el gusto de alimentarnos con la Palabra de Dios, transmitida fielmente por la Iglesia, y el Pan de la vida, ofrecido como sustento a todos los que son sus discípulos”. (Benedicto XVI, Porta fidei, 3) ¡Descubrir de nuevo! Benedicto XVI nos exhortaba en Colonia: “Hemos de recobrar la experiencia vibrante de la oración como diálogo con Dios, del que sabemos que nos ama y al que, a la vez, queremos amar. Quisiera decir a todos insistentemente: abrid vuestro corazón a Dios, dejad sorprenderos por Cristo. Dadle el «derecho a hablaros» durante estos días. Abrid las puertas de vuestra libertad a su amor misericordioso. Presentad vuestras alegrías y vuestras penas a Cristo, dejando que Él ilumine con su luz vuestra mente y acaricie con su gracia vuestro corazón (Benedicto XVI, JMJ 2005, Colonia, 18-VIII). Hablemos con el Señor con confianza, con cariño. Tener con Él la oración con suavidad y muy a gusto. Tomar conciencia de que Él nos mira, con ternura, con paciencia y misericordia. Abrirle el corazón porque a Él le interesan nuestras cosas (cf. 1 Pe 5,7).

Todo ello nos permitirá juzgar los acontecimientos a la luz del Evangelio. En eso estriba la sabiduría sobrenatural, sobre todo como don del Espíritu Santo, que permite juzgar bien a la luz de las razones últimas, de las cosas eternas. La sabiduría se convierte así en la principal ayuda para pensar, juzgar y valorar como Cristo todas las cosas, tanto las grandes como las pequeñas. A esa meta se puede llegar dejándose guiar por el Espíritu Santo en la meditación del Evangelio, que favorece la profundización de la unión con Cristo, ayuda a entrar cada vez más en el pensamiento del maestro y afianza la adhesión a él de persona a persona.” (Juan Pablo II, Catequesis sobre el presbiterado. Audiencia general 2 – VI – 1993, nº 4).

Que Nuestra Madre nos ayude a saber escuchar a su Hijo y dejar, como nos decía Benedicto XVI, que acaricie con su gracia nuestro corazón.