El Evangelio de hoy nos muestra a Jesús saliendo de la sinagoga, con Santiago y Juan yendo a casa de Simón y Andrés. Y una vez allá no se dedica a descansar. Una vez allí, le dicen que la suegra de Pedro está “en cama con fiebre. Jesús se acercó, la cogió de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirles”. Jesús no se mide en la entrega. El evangelio nos dice, además, que “al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y poseídos. La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios” ¡Al anochecer! Apurando bien la jornada. Jesús no se reserva, tiene una jornada en la que está el día entero dedicado a los demás. Jesús no se reserva. Para que vayan “tomando nota” sus apóstoles, y nosotros también.

Son muchos los que llevan a Cristo a sus enfermos para que los cure. Hemos de aprender nosotros a hacer lo mismo: llevar a nuestros “enfermos” a Cristo para que él los cure. Acercarles a los sacramentos, particularmente la reconciliación y la Eucaristía. Facilitarles y animales a leer y meditar el Evangelio. Nos sorprenderemos de los milagros que el Señor hace.

Une a la actividad intensa una profunda relación con el Padre. Nos pone de manifiesto el Evangelio cómo, “se levantó de madrugada, se marchó al descampado y allí se puso a orar”. Hemos de aprender a armonizar nuestras actividades diarias con el trato con Dios. “Si conocieras el don de Dios”(Jn 4, 10). La maravilla de la oración se revela precisamente allí, junto al pozo donde vamos a buscar nuestra agua: allí Cristo va al encuentro de todo ser humano, es el primero en buscarnos y el que nos pide de beber. Jesús tiene sed, su petición llega desde las profundidades de Dios que nos desea. La oración, sepámoslo o no, es el encuentro de la sed de Dios y de sed del hombre. Dios tiene sed de que el hombre tenga sed de El (cf San Agustín, quaest.” (Catecismo de la Iglesia Católica 2560)

Él es el modelo para los apóstoles y para nosotros. “La relación con Cristo, el coloquio personal con Cristo es una prioridad pastoral fundamental, es condición para nuestro trabajo por los demás. Y la oración no es algo marginal” (Benedicto XVI, Vigilia con ocasión de la Conclusión del Año sacerdotal, 10 de junio de 2010). Sólo desde una sólida vida interior podremos entregarnos con generosidad. El sábado 3 de mayo del 2003, ante una muchedumbre de jóvenes que abarrotaban la Base aérea de Cuatro Vientos, en Madrid, san Juan Pablo II dijo: «El drama de la cultura actual es la falta de interioridad, la ausencia de contemplación. Sin interioridad, la cultura carece de entrañas, es como un cuerpo que no ha encontrado todavía su alma».

Pidamos a María que nos conceda imitar esa disposición de su Hijo para entregarnos el cumplimiento de la voluntad de Dios con generosidad.