El leproso que nos presenta el Evangelio de hoy quedó limpio, ciertamente por el poder de la palabra de Cristo: “quiero, queda limpio”. Pero ha sido decisivo que este hombre fuera consciente de la necesidad de ser curado y acercándose a Jesús, le suplicase “de rodillas”. Suplica un don absolutamente gratuito, inmerecido. No exige, no busca los méritos que pudiera tener para ser curado, simplemente se acerca suplicando. Además, lo hace con humildad: “arrodillándose”. Podemos aprender mucho de este leproso. Cada uno tenemos no pocas cosas de las que nos tiene que limpiar el Señor.

Hay dos disposiciones del corazón que son previas, fundamentales, para acoger con plenitud el perdón de Dios, esa limpieza del alma: la sinceridad y la humildad. El hombre es sincero cuando se reconoce como realmente es, sin tapujos, sin ambigüedades, con realismo. Esto nos lleva a darnos cuenta de nuestra fragilidad. La reconciliación con Dios, no consiste tanto en la materialidad de decirle al Señor cómo somos, puesto que Él ya nos conoce, sino más bien en reconocer que somos así: pecadores. Es bueno tener en cuenta que, en muchas ocasiones, tratamos de engañarnos a nosotros mismos y, al ver algo que no hemos hecho bien, tendemos a disculparnos. Es preciso, por tanto, huir de esas actitudes que, a fin de cuentas, son muestras de soberbia. No hay que tenerle miedo a nuestra condición que, habitualmente, deja mucho que desear, por eso acudimos al Dios de la misericordia y le pedimos que nos limpie. La humildad es estar en verdad. Las palabras de Jesús son claras: “La verdad os hará libres”. Si descubrimos la verdad sobre nosotros mismos, la verdad de tantas faltas de amor, nos hará caer en la cuenta de que, delante de Dios somos nada. Sin embargo, la humildad no es andar con la cabeza baja, y dándose golpes de pecho, no es ser unos apocados, sino una actitud más del corazón. Es la otra cara de la sinceridad: si somos sinceros seremos humildes, porque reconoceremos cómo somos. Reconocernos como somos es descubrir la verdad sobre nosotros mismos y, a partir de ahí, ponerse en disposición de mejorar: reconocer los propios pecados, las propias faltas, es ya ponerse en camino del perdón. La humildad nos hace descubrir que por nosotros mismos poca cosa podemos, pero con la ayuda de Dios todo es posible. Por eso nos ponemos de “rodillas” y “suplicamos” que nos limpie.

Será bueno no esperar a que la “lepra” se extienda. Y acudir a que nos limpie el Señor con las primeras manchas, con las faltas más leves. El Catecismo de la Iglesia Católica, en el número 1458, nos recuerda que “sin ser estrictamente necesaria, la confesión de los pecados veniales, sin embargo, se recomienda vivamente por la Iglesia (cf Cc. de Trento: DS 1680; CIC 988,2). En efecto, la confesión habitual de los pecados veniales ayuda a formar la conciencia, a luchar contra las malas inclinaciones, a dejarse curar por Cristo, a progresar en la vida del Espíritu. Cuando se recibe con frecuencia, mediante este sacramento, el don de la misericordia del Padre, el creyente se ve impulsado a ser él también misericordioso (cf. Lc 6,36)”.

Pidamos a Nuestra Madre, Auxilio de los cristianos y Refugio de los pecadores, perder todo temor de acercarnos a su Hijo y suplicarle de rodillas que nos limpie.