Dios le dice a su pueblo a través del profeta Isaías “Te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra”. ¿De qué salvación se trata? ¿De la pobreza, de las enfermedades, …? Sí, pero de una pobreza más honda, que está en el fondo de todas las demás pobrezas: el pecado; de una enfermedad que mata definitivamente, porque mata la vida eterna: el pecado. San Juan Bautista, como leemos en el Evangelio de hoy, señalando a Jesús se refiere a Él como “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Jesucristo, el Cordero de Dios ha sido enviado por el Padre para salvar al hombre del pecado. ¿Significa esto que después de Cristo ya no habrá más pecado en el mundo? Es evidente que no, basta con abrir los ojos para darnos cuenta que sigue existiendo el odio en el mundo, nosotros también descubrimos en odio y el rencor en nuestro corazón.

Salvarnos del pecado, “quitar el pecado del mundo” es, ciertamente hacer posible que cada vez haya menos pecado; porque Jesucristo no nos ha traído sólo un buen ejemplo; nos ha traído el don del Espíritu Santo que habita en nuestros corazones y por la vida del Espíritu, la vida misma de Dios que nos hace criaturas nuevas, y por eso nos posibilita el vivir según el espíritu del evangelio.

Cuando S. Juan afirma que Jesús es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, está afirmando que no debemos esperar ante todo un maestro, alguien que da preceptos morales o alguien que haga milagros. Está afirmando que hemos de esperar a aquel que recibió la misión de ofrecerse como víctima por los pecados del mundo. Es decir, alguien que va a pagar por nosotros las consecuencias de nuestros pecados, alguien que va a pagar por nosotros la deuda que tenemos. Es decir, cargando con los pecados de todos los hombres. Al decir en singular el pecado del mundo, se está indicando que quitó todo género de pecado y de todas las generaciones: todos los pecados de todos los hombres de todos los tiempos.

Jesucristo “soportó” nuestros pecados. No devuelve el mal que hacemos. El único camino para superar el mal, para detener su efecto multiplicador, es ahogarlo en abundancia de bien. Y Cristo es lo que ha hecho, ha soportado todo el mal que ha hecho y hará el hombre, soporta nuestras violencias, para que así podamos nosotros superar el mal con abundancia de bien (Cf. Rm 12,21).

Una tradición muy antigua narra la aparición del Señor a San Jerónimo. Jesús le dijo: Jerónimo, ¿qué me vas a dar?; a lo que el Santo respondió: Te daré mis escritos. Y Cristo replicó que no era suficiente. ¿-Qué te entregaré entonces? ¿-mi vida de mortificación – y de penitencia? La respuesta fue: Tampoco me basta. ¿- Qué me queda por dar?, preguntó Jerónimo. Y Cristo le contestó: Puedes darme tus pecados, Jerónimo – Cfr. F. J. SHEEN, Desde la Cruz, p. 16.-

Pidamos a nuestras Madre que nos ayude a dejar en manos de su Hijo nuestro pecado.