“Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio y, colocándola en medio, le dijeron: Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?”.

Hoy todos somos esa mujer cuya vida se ve amenazada. Hoy estos “escribas y fariseos” que nos amenazan son la enfermedad y la muerte. Todos estamos “colocados en medio” ya sea porque padecemos el COVID-19 o tenemos familiares y amigos que lo padecen o han fallecido y ni tan siquiera hemos podido “despedirnos”. También lo son tantos hombres y mujeres que se exponen a diario a ser contagiados por cuidarnos, que también son “puesto en medio”. Personas que trabajan en los hospitales para cuidar, como pueden, a los enfermos con escasa protección personal, desde los sanitarios, auxiliares, personal de limpieza, … Tantos sacerdotes que en los hospitales y en las parroquias hacen cuanto está en su mano para llevar el aliento de los sacramentos y unas palabras de consuelo y esperanza, cuando las condiciones les permiten acercarse a ellos. Tantos hombres y mujeres como cuidan del orden en las calles para que cumplamos con nuestra responsabilidad de quedarnos en casa para ponérselo difícil a coronavirus. Tantos hombres y mujeres que asumen el riesgo de salir cada día y exponerse para que podamos tener los suministros fundamentales en nuestras casas, desde supermercados a farmacias. En fin, la relación podría seguir. Se trata de que redescubramos, puede ser una de las grandes lecciones que nos deje esta pandemia, hasta qué punto somos dependientes unos de otros. Hasta qué punto nuestra responsabilidad personal es un bien fundamental para los otros, cómo nuestras vidas están tejidas y sostenidas por unos y otros, nunca como ahora se nos hace evidente que somos todos dependientes unos de otros, todos necesarios, nadie es un “verso suelto”. Como no paran de repetirnos, de esto sólo saldremos juntos.

Todos hemos sido puestos “en medio” y se ha evidenciado nuestra fragilidad. Y parece que Jesús esté desentendido, como nos muestra el Evangelio de hoy: “Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo”. Sin embargo, no es así. Interviene en el momento preciso, se “incorpora” y sale en defensa de esta “mujer”, de nuestra fragilidad, de nuestros temores, de nuestra desesperanza. También hoy El Señor se levantará y nos salvará. En el Salmo responsorial de hoy, repetimos: “aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo, tu vara y tu cayado me sosiegan”.

Acudamos cada día al cuidado maternal de la Virgen. Recemos cada día con insistencia y confianza, cada día, con la oración que el Papa Francisco nos ha pedido que recemos tras el Ángelus:

“Tú resplandeces siempre en nuestro camino como signo de salvación y esperanza. Nosotros nos encomendamos a Ti, salud de los enfermos, que ante la Cruz fuiste asociada al dolor de Jesús manteniendo firme tu fe. Tú, Salvación de todos los pueblos, sabes lo que necesitamos y estamos seguros de que proveerás para que, como en Caná de Galilea, pueda regresar la alegría y la fiesta después de este momento de prueba. Ayúdanos, Madre del Divino Amor, a conformarnos a la voluntad del Padre y a hacer lo que nos dirá Jesús, que ha tomado sobre sí nuestros sufrimientos. Y ha tomado sobre sí nuestros dolores para llevarnos, a través de la Cruz, al gozo de la Resurrección. Amén.