“Cuando levantéis en alto al Hijo del hombre, sabréis que Yo soy”. El mismo que liberó a su pueblo de la esclavitud de Egipto y reveló a Moisés su nombre: “Yo soy”, es el mismo que nos liberará y revela su poder, precisamente, cuando sea elevado sobre el madero de la Cruz. Leemos en la primera lectura de hoy cómo, siguiendo las indicaciones del Señor, “Moisés hizo una serpiente de bronce y la colocó en un estandarte. Cuando una serpiente mordía a alguien, este miraba a la serpiente de bronce y salvaba la vida”. Es ahí donde deberemos mirar para ser sanados. Hace unos días nos recordaba el Papa Francisco cómo “tenemos un ancla: en su Cruz hemos sido salvados. Tenemos un timón: en su Cruz hemos sido rescatados. Tenemos una esperanza: en su Cruz hemos sido sanados y abrazados para que nadie ni nada nos separe de su amor redentor. En medio del aislamiento donde estamos sufriendo la falta de los afectos y de los encuentros, experimentando la carencia de tantas cosas, escuchemos una vez más el anuncio que nos salva: ha resucitado y vive a nuestro lado” (Meditación en la Bendición Urbi et Orbi, para pedir por el fin de la epidemia del coronavirus, 27 de marzo de 2020)

“Cuando levantéis en alto al Hijo del hombre”. Es como un anticipo de lo celebraremos pronto, el Viernes Santo en la Adoración de la Cruz, que haremos desde nuestras casas: “Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos, pues con tu Santa Cruz redimiste al Mundo”. Es la contemplación del misterio de Cristo en la Cruz, muerto y resucitado, donde encontraremos la curación de todas nuestras heridas. Las que en este momento nos produce el COVID-19 y las secuelas que dejará en nuestras almas. San Juan Pablo II nos decía con fuerza en un encuentro con jóvenes en Chile: “el amor vence siempre, como Cristo ha vencido; el amor ha vencido, el amor vence siempre. Aunque en ocasiones, ante sucesos y situaciones concretas, pueda parecernos impotente, Cristo parecía impotente en la Cruz… Dios siempre puede más” (2-IV-1987). Mirar al que ha sido “levantado” de lo alto. Volvamos nuestra mirada a Cristo crucificado. La cruz revela la plenitud del amor de Dios. Cristo traspasado en la cruz es la revelación más impresionante del amor de Dios (cf. Benedicto XVI, Mensaje para la Cuaresma 2007).

Mirando al que ha sido “levantado” de lo alto oremos con el salmo de hoy: “Señor, escucha mi oración, que mi grito llegue hasta ti; no me escondas tu rostro el día de la desgracia. Inclina tu oído hacia mí; cuando te invoco, escúchame en seguida”.

Junto con María, acudamos a la fuente de nuestra esperanza en estos momentos particularmente difíciles. Ella, “abogada nuestra”, “Salud de los enfermos”, “Refugio de los pecadores” nos enseñe a permanecer junto a su Hijo en tantos hermanos nuestros en los que sigue siendo “elevado” en el leño de la Cruz.