“Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres. Si el Hijo os hace libres, seréis realmente libres”. Estas palabras de Jesús contrastan con el modo en que el hombre moderno se cree libre. Algo de lo que estamos exentos nosotros, que también comprendemos nuestra libertad como si todo dependiera de su voluntad y de nada más. Como si la libertad no tuviera otra dependencia que el propio deseo, sin ningún vínculo con la verdad. Cuántas veces no acabamos confundiendo lo que se oponga a nuestro deseo como un límite a nuestra libertad. “Yo con mi cuerpo hago lo que quiero”. “Soy libre y puedo disponer como desee de mi cuerpo, de mi sexualidad, porque no reconozco otro límite que mi deseo y mi voluntad”. El precio de entender así el ejercicio de mi libertad es alto: la libertad se convierte en ilusión y la verdad también perece. San Juan Pablo II lo decía con gran fuerza: “una vez que se ha quitado la verdad al hombre, es pura ilusión pretender hacerlo libre. En efecto, verdad y libertad, o bien van juntas o juntas perecen miserablemente” (Encíclica “Fides et ratio”, 90)

Cristo, que es la Verdad, es quien nos hace verdaderamente libres mostrándonos la verdad sobre nuestro verdadero bien y confiriéndonos su gracia que nos hace capaces de elegir el bien por encima de lo que nos apetece. Una persona que padezca, por ejemplo, una diabetes y le gusten mucho los dulces, cómo ejercería verdaderamente su libertad ¿sabiendo que no es bueno para su salud tomar los dulces y recibiendo la fuerza de la gracia para no tomarlos y vivirlo con alegría? ¿o más bien ignorando el perjuicio que se hace y siguiendo su deseo? ¿Quién acaba dominando a quien? No podemos ser ingenuos, muchas veces hacemos un ejercicio de nuestra libertad llevados por el deseo y por la verdad sobre el bien, lo que nos conviene. En nuestro mundo, en la cultura dominante hedonista y profundamente individualista, dentro y fuera de nosotros hay voces de falsos maestros que nos llevan por ejercicio de nuestra libertad, que lejos de hacernos crecer en ella, la van debilitando cada día. Por eso urge volvernos al único que nos hace verdaderamente libres y nos libera de aquello que destruye nuestra libertad: el pecado. Nuestra libertad tiene que ser liberada. Y es Cristo quien nos hace realmente libres.

La libertad con que Cristo nos hace libres nos permite ser verdaderamente dueños de nosotros mismo. Nos hace capaces de amar y, por tanto, capaces de darnos. Cuántos ejemplos de esta entrega generosa estamos contemplando estos días con la pandemia del COVID-19, una entrega que, incluso en no pocas ocasiones, implica poner en riesgo su salud y su vida para ayudar. Quien es capaz de hacer esto, quien ha sido hecho capaz de un amor así, es realmente libre.

María, Nuestra Madre, nos ha dejado un camino claro para ser verdaderamente libres: acoger a la Verdad en su seno, poniendo su libertad es las manos de Dios con su respuesta al Ángel, con su “fiat”. Seremos más libres cuanto más real sea nuestro “hágase”, cuanto más y mejor puedas decirlo.