“Os he hecho ver muchas obras buenas por encargo de mi Padre: ¿por cuál de ellas me apedreáis?”. A medida que se acerca “la hora” de Jesús la oposición, de propio pueblo, se va haciendo más grande y con mayor violencia. “Los judíos agarraron piedras para apedrear a Jesús”. Quieren matarlo. Y ciertamente conducirán a Jesús a la muerte, pero cuando sea la “hora” decretada por el Padre y del modo previsto por Él, que no será la lapidación, sino una muerte mas “deshonrosa” -si es que se puede decir esto de la muerte-, a manos de los enemigos de su pueblo, entregado por ellos y en el suplicio de la cruz, un tipo de condena tan ignominiosa que no se podía aplicar a un ciudadano romano.

A medida que se va acercando la “hora” de Cristo oposición de su pueblo, de “su gente” va aumentando. Y Jesús argumenta sobre la verdad de sus palabras con las mismas palabras de la Sagrada Escritura, recordándoles su autoridad: “¿No está escrito en vuestra ley: “Yo os digo: sois dioses”? Si la Escritura llama dioses a aquellos a quienes vino la palabra de Dios, y no puede fallar la Escritura”. Sin embargo, se resisten ¿Porqué no abren su corazón y su mente ala Sagrada Escritura? En la dureza de nuestro corazón está detrás nuestro pecado, pero no sólo. Es un misterio, misterio de iniquidad, que sin duda es obra de la libertad del hombre, pero que no se termina de entender sin la intervnción de factores que se sitúan más allá de lo humano, donde conciencia, voluntad y sensibilidad están en contacto con las oscuras fuerzas del mal” (cf. San Juan Pablo II, Exhortación “Reconciliación y penitencia”, 14). El Papa Francisco nos recordaba, que no se trata solo de un combate contra el mundo y la mentalidad mundana, que nos engaña, nos atonta y nos vuelve mediocres sin compromiso y sin gozo. Tampoco se reduce a una lucha contra la propia fragilidad y las propias inclinaciones (cada uno tiene la suya: la pereza, la lujuria, la envidia, los celos, y demás). Es también una lucha constante contra el diablo, que es el príncipe del mal. Jesús mismo festeja nuestras victorias. Se alegraba cuando sus discípulos lograban avanzar en el anuncio del Evangelio, superando la oposición del Maligno, y celebraba: «Estaba viendo a Satanás caer del cielo como un rayo» (Lc 10,18)” (Exhortación “Gaudete et exultate” 159)

Estamos muy cerca de conmemorar todo cuanto aconteció: la pasión y muerte en la cruz ¡Y al tercer día la resurrección! Todo según lo ha dispuesto el Padre. Y cada uno de nosotros no somos ajenos a estos acontecimientos. Todos somos protagonistas de esto. Somos causa de ello y también beneficiarios de su entrega. Aprovechemos estos días para meternos en los misterios de la Pasión de nuestro Señor Jesucristo. Tomemos conciencia de los pecados que están provocándola.

La Virgen vivió plenamente el misterio de Cristo, que fue descubriendo cada vez más profundamente gracias a su reflexión personal sobre los acontecimientos de la vida y Pasión de su Hijo. Se esforzaba por penetrar, con su inteligencia y su corazón, el plan divino, para colaborar con él de modo consciente y eficaz (cf. San Juan Pablo II, Audiencia del 30 – VI -1993 4). Que Ella nos haga participar con abundante fruto en la celebración del Triduo Pascual, que este año celebraremos de modo tan singular por la situación que estamos viviendo y nos impide hacerlo juntos.