“Los sumos sacerdotes y los fariseos convocaron el Sanedrín y dijeron: ¿Qué hacemos? Este hombre hace muchos signos. (…) Y aquel día decidieron darle muerte”. Nunca termino de comprender cómo es posible reconocer que Jesucristo realiza milagros, son la prueba de que es el Mesías, y decidir darle muerte. Lo normal hubiera sido determinarse a seguirle, hacerse discípulo. Pero no lo hicieron. El Evangelio nos deja una pista para comprender: “Si lo dejamos seguir, todos creerán en él, y vendrán los romanos y nos destruirán el lugar santo y la nación”. Es decir, perderían su estatus de “jefes del pueblo”. Ya no tendrían su vida en sus manos, sino que todos, ellos también, la tendrían en las manos del Mesías. Y en este punto podemos entender un poco. Una cosa es reconocer que Dios existe. Alguien ha tenido que crear el universo y poner un orden, una racionalidad, porque “nadie da lo que no tiene” y la materia no puede darse el sentido, el orden, la racionalidad. Hasta este punto podríamos no tener especiales dificultades, incluso en reconocer la belleza del mensaje ético de Jesús de Nazaret, porque este reconocimiento no hace sentirme especialmente obligado a nada. Dios ha podido crear todo, ha podido incluso revelarnos un camino de felicidad interesante; pero yo sigo siendo el dueño y señor de mi vida. Aunque nos parezca poco razonable, pero es posible que tu y yo reconozcamos a Jesús como el Hijo de Dios, pero no pongamos nuestra vida en sus manos, es posible dejarle entrar en nuestro entendimiento, pero no en nuestro corazón.

Es necesario para todos vigilar la apertura de nuestro corazón a Jesús. Ser discípulo no es únicamente conocer una doctrina, incluso realizar unas prácticas de piedad. Para pasar a ser discípulos hemos de permitirle entrar y tomar posesión de nuestro corazón. Hemos de dejar que el nos hable al corazón, para ello debemos “recobrar la experiencia vibrante de la oración como diálogo con Dios, del que sabemos que nos ama y al que, a la vez, queremos amar. Quisiera decir a todos insistentemente: abrid vuestro corazón a Dios, dejad sorprenderos por Cristo. Dadle el ‘derecho a hablaros’ durante estos días. Abrid las puertas de vuestra libertad a su amor misericordioso. Presentad vuestras alegrías y vuestras penas a Cristo, dejando que Él ilumine con su luz vuestra mente y acaricie con su gracia vuestro corazón” (Benedicto XVI, JMJ 2005, Colonia, 18-VIII). Entretengámonos en considerar a Cristo iluminando nuestra mente y, sobretodo, acariciando con su gracia nuestro corazón. Este es el camino para dejar con alegría nuestras cosas, nuestros planes ¡y nuestras vidas! En sus manos. En este tiempo de pandemia, de permanecer en nuestras casas, volver nuestro corazón a Cristo, repetir y gozarnos interiormente con las palabras de un himno de la Liturgia de las Horas: “Señor, mi corazón sueña que tú lo ves” (Himno Laudes Viernes II Semana).

Sólo después de recorrer este camino, podremos dejarnos hacer la única pregunta importante de nuestra vida, la pregunta decisiva que Jesús nos hace cada día, como a San Pedro: ¿Me amas? (Jn 21, 15). “¿Me amas todavía? ¿Me amas cada vez más? Sí. Porque el amor es siempre más grande que la debilidad y que el pecado. Y sólo él, el amor, descubre siempre nuevas perspectivas de renovación interior y de unión con Dios, incluso mediante la experiencia de la debilidad del pecado. Cristo, pues, pregunta, examina acerca del amor. Y Pedro responde: “Sí, Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo”. No responde: Sí, te quiero; más bien se confía al corazón del Maestro y a su conocimiento y le dice: Tú sabes que te amo” (San Juan Pablo II, homilía, Valencia 8-XI-1982).

Pidamos a María, Madre del Amor Hermoso, que como Ella pongamos en las manos de su Hijo nuestras vidas y nuestro corazón.