Este domingo comenzamos la conmemoración de la semana decisiva para nuestra salvación. Cristo la inicia con la entrada triunfal en Jerusalén, aclamado por su pueblo. Nosotros lo hacemos desde nuestras casas, sin poder salir, y miles desde los hospitales (enfermos y cuidadores). Es un Domingo de Ramos como, Dios quiera, no volveremos a vivir. Esta pandemia nos ha descubierto de manera brutal lo que es absolutamente necesario y lo que es absolutamente prescindible. Ojalá lo aprendamos bien. Este año la Procesión de los Ramos se hará de un modo especial en los pasillos de los hospitales y de nuestras casas, pero no dejaremos de hacerla, de cantar “Hosanna al Hijo de David, bendito el que viene en nombre del Señor, el Rey de Israel. Hosanna en el cielo” (Mt 21, 9). Y lo haremos en medio de la tribulación por que, con palabras de la primera Lectura de hoy, “el Señor Dios me ayuda, por eso no sentía los ultrajes; por eso endurecí el rostro como pedernal, sabiendo que no quedaría defraudado”. En esta semana que iniciamos vamos a revivir de manera especial la Sagrada Pasión de Jesucristo, nuestro Redentor, vamos a considerar con valentía, con profundidad cuál es el camino del cristiano: “Porque si en el leño verde hacen esto, en el seco ¿qué se hará?” (Lc 23,31).

La vida del cristiano es lucha, milicia, pero una lucha propia de los hijos de Dios, no basada en el propio interés, la violencia o el odio; sino una guerra basada en la unidad y en el amor. Una lucha sin cuartel contra el pecado que es lo que tiene a Cristo clavado en la cruz. Dejémonos de superficialidades, vayamos a lo central a lo que verdaderamente es importante: lo que hemos de pretender es ir al Cielo. Si no, nada vale la pena. Y para ir al cielo tenemos que pelear bien nuestro combate, soportar las dificultades como buenos soldados de Cristo Jesús (cf. 1 Tim 6,12; 2Tim 2,3). Para ir al Cielo, el camino está claro, porque está marcado con la Sangre de Cristo. Es verdad que en cuanto hablamos de lucha, de combatir, se nos pone enseguida por delante nuestra debilidad. Dios cuenta con ello. Y Dios puede sacar bien de nuestros defectos, entre otras cosas porque así se nota mejor la acción de la gracia de Dios y nuestros intentos por corresponder a su gracia. Y ese contraste nos ayudará a hacernos más humanos, humildes, comprensivos, generosos.

No nos extrañe que seamos derrotados con relativa frecuencia. Si hay amor de Dios, si hay humildad, si hay perseverancia y tenacidad en nuestra lucha, esas derrotas no adquirirán demasiada importancia. Pero estemos atentos a los enemigos que se oponen: la soberbia, que a veces imagina obstáculos inexistentes y que nos mete por tortuosos calvarios en los que no está Cristo, porque donde está el Señor hay paz y alegría, aunque estemos en medio de una tormenta. El pensar que esa lucha interior es contra grandes obstáculos, es una manifestación de orgullo: queremos luchar, pero con espectáculo. Hemos de convencernos que el mayor enemigo de la roca es el agua que entra gota a gota y cuando llega el frío destroza su estructura. Quien es fiel en lo poco …

Que Nuestra Madre Dolorosa nos enseñe a acompañar a su Hijo por el camino del Calvario con nuestra, vida y viendo lo que veían sus ojos y su Corazón Inmaculado.