“Habéis oído que se dijo: ‘Ojo por ojo, diente por diente’. Pero yo os digo: no hagáis frente al que os agravia”. En esta expresión de Jesús “habéis oído”, ciertamente se refiere a los preceptos en los que “traducen” la ley los sacerdotes y maestros de la Ley, un modo de entender e interpretar la Ley de Dios que queda desautorizada por lo que les dice enseguida: “pero yo os digo”. Cristo con la misma autoridad de quien dio la Ley al pueblo de Israel la explica y da su sentido pleno. La justicia que proponían no tiene su origen en la caridad, al contrario, lejos de estar animada por ella, más bien parece que tiene su fundamento en la venganza, eso sí, tratando de ordenarla para que no se exceda: “ojo por ojo” pone un límite a la venganza; pero ese es ámbito en el que mueve esa interpretación de la Ley de Dios, que se convierte en ley – así, en minúscula – humana. “El que quiere vengarse, jamás produce justicia. Tan pronto como uno comienza a defenderse contra la injusticia, despierta el odio en el propio corazón, y el resultado es una nueva injusticia” (Romano Guardini, “El Señor. Meditaciones sobre la persona y la vida de Jesucristo”).

Pero también podemos leer una enseñanza más onda para cada uno: “has oído: ojo por ojo”, pero esa es la voz del pecado, del amor de generosidad destruido por el pecado que habita en nosotros. “Yo”, la voz del Espíritu Santo en tu conciencia te digo: renuncia al odio y a la venganza, recorre el camino del perdón y la misericordia, como nos dice San Pablo: “No te dejes vencer por el mal, sino vence el mal con el bien (Rm 12, 21). Sólo el amor vence al odio, “el amor vence siempre, como Cristo ha vencido; el amor ha vencido”. Con cuanta fuerza e insistencia nos ha enseñado San Juan Pablo II esto con su vida y su palabra. No debemos dejarnos engañar por nuestra debilidad, por el maligno. Aquel que es la Verdad  nos trae la auténtica libertad, porque sabe lo que hay en el corazón del hombre y conoce su verdadero bien: No hagáis frente al que os agravia, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también el manto; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehúyas.

La cuestión es cómo podemos vivir así, según este programa de vida, vivir vida verdaderamente humana, una vida que nos conduce por el camino de felicidad porque nos conduce la vida eterna. Sólo hay un modo: “mirar a Cristo”, no apartar nuestros ojos de él, de quien inicia y consuma nuestra fe, de aquel que, despreciando la ignominia, soportó en la cruz la violencia de nuestros pecados, y que está sentado a la diestra del trono de Dios (cf. Hb 12,2). Viviendo de la gracia de Cristo que nos renueva cada día desde dentro y nos convierte de pecador en siervos buenos y fieles (cfr. Mt 25, 21). “La gracia de Dios no es tanto objeto de conquista, cuanto de disponible y gozosa aceptación, como para recibir un don, sin ponerle impedimentos. Esto es posible concretamente, ante todo, mediante una actitud de profunda oración, que lleva consigo precisamente entablar un diálogo con el Señor; luego, mediante una actitud de sincera humildad, puesto que la fe es precisamente la adhesión de la mente y del corazón a la Palabra de Dios; y, finalmente, mediante un comportamiento de auténtica caridad, que deje traslucir todo el amor, del que nosotros ya hemos sido objetos por parte del Señor” (San Juan Pablo II, homilía en la parroquia de Nuestra Señora de Coromoto (15-III-1981)

Madre Nuestra, intercede por nosotros para que tu Hijo nos haga partícipes de su fuerza, para que la gracia de su bondad apresure la salvación que retrasan nuestros pecados.