“Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto”. En el Evangelio de la Misa de hoy, el Señor nos recuerda un aspecto esencial de nuestra vocación: la perfección, la santidad y nos exhorta a que nos empeñemos en alcanzarla. Esto es compatible con la fragilidad personal. “La santidad cristiana no consiste en ser impecables, sino en la lucha por no ceder y volver a levantarnos siempre, después de cada caída. Y no deriva tanto de la fuerza de voluntad del hombre, como del esfuerzo por no obstaculizar la acción de la gracia en la propia alma, y ser, más bien, sus humildes colaboradores.” (San Juan Pablo II, Alocución, 23-III-1983). El santo es tan pecador como cualquiera ¡pero nunca se suelta de la mano de Cristo! En nuestra vida hay victorias y ambién derrotas, pero la gracia lo transforma en triunfos si somos humildes. El que con la gracia siempre vence al pecado ¡porque nos levantamos una y otra vez!

En la primera lectura escucharemos en la Misa: “Llegó a Elías tesbita la palabra del Señor: ¿Has visto cómo se ha humillado Ajab ante mí? No traeré el mal en los días de su vida”. El camino de la santidad está hecho de reconocimiento humilde de la culpa, de petición de perdón que se inicia en la misericordia de Dios, que ha puesto un límite al mal. Es como si Dios dijera al mal ¡Hasta aquí llega tu poder! El pecado no tiene la última palabra ¡cómo iba a tener la última palabra el pecado o nuestra miseria! ¡Dios es más grande que nuestro pecado! “Donde abundó el pecado sobreabundó la gracia” (Rm 5,20). “Mientras luchamos por la fe, Dios nos contempla: Cristo y sus ángeles nos miran. ¡Qué dignidad tan grande, qué felicidad tan plena es luchar bajo la mirada de Dios, y ser coronados por Cristo! Revistámonos de fuerza y preparémonos para la lucha con un espíritu indoblegable, con una fe sincera, con una total entrega” (San Cipriano, Carta 58, 8-9).

El secreto de la santidad es una “cuestión de confianza: lo que el hombre esté dispuesto a dejar que Dios haga en él. No es tanto el ‘yo hago’, como el ‘hágase en mí’. El árbol producirá ramas, hojas, flores y frutos, a condición de que se deje visitar por la savia, y por la lluvia, y visitar por la hoja podadora, y por la cuchilla resinera…” (Pilar Urbano, “El hombre de Villa Tevere” p. 156).

Una tradición muy antigua narra la aparición del Señor a San Jerónimo. Jesús le dijo: Jerónimo, ¿qué me vas a dar?; a lo que el Santo respondió: Te daré mis escritos. Y Cristo replicó que no era suficiente. ¿Qué te entregaré entonces? ¿mi vida de mortificación – y de penitencia? La respuesta fue: Tampoco me basta. ¿- Qué me queda por dar?, preguntó Jerónimo. Y Cristo le contestó: Puedes darme tus pecados, Jerónimo (cf. F. J. Sheen, “Desde la Cruz”, p. 16). Esto es lo que hemos de hacer, abandonar en sus manos nuestros pecados. Decirle cada día al Señor, con el Salmo 50: “Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa; lava del todo mi delito, limpia mi pecado. Pues yo reconozco mi culpa”. Este el camino de la santidad, así y “cantará mi lengua tu justicia” (Salmo 50).

Madre nuestra, tú que eres la Reina de los santos, mantennos en el camino del empeño de la santidad, llenos de esperanza, sin permitir el desánimo ante nuestras caídas.