“Vosotros orad así: ‘Padre nuestro que estás en el cielo…” El Señor pone estas palabras en el comienzo de la oración que nos deja como modelo de toda otra oración. Cada vez que rezamos el Padre nuestro nos sitúa en esta doble consideración: soy hijo y somos hijos, es decir, hermanos. Benedicto XVI, lo expresa así en su libro Jesús de Nazaret I: “Con Cristo Jesús nos convertimos verdaderamente en ‘hijos de Dios’. Así, la palabra ‘nuestro’ resulta muy exigente: nos exige salir del recinto cerrado de nuestro ‘yo’. Nos exige entrar en la comunidad de los demás hijos de Dios. Nos exige abandonar lo meramente propio, lo que separa. Nos exige aceptar al otro, a los otros, abrirles nuestros oídos y nuestro corazón”. La fraternidad vivida en como un anticipo del cielo. Orar es, por tanto, entrar en esa relación personal con Dios y en la que nunca vamos solos. Hemos de aprender a descubrirnos formando parte de ese “nosotros” de los hijos de Dios y así elevarnos hasta Dios.

Este tiempo de pandemia, que no hemos terminado porque hay muchos hermanos nuestros que lo están pasando muy mal, nos ha dado ocasión de constatar hasta que punto estamos involucrados. Cómo el cuidado personal es parte del cuidado de los demás, y cómo su destino y el mío están tan estrechamente unidos. En esto días no podemos “ir solos” a la Eucaristía o la oración, sin llevar a tantos hermanos nuestros y pedir por cuantos padecen esta pandemia y cuantos nos cuidan con el riesgo de sus vidas, al tiempo que ofrecemos juntos el incienso de tanta vida ofrecida.

“Venga a nosotros tu reino”, no es un reino individual, sino un reino único al que todos estamos llamados a participar, que es para todos. Del mismo modo que los padres quieren que todos sus hijos se quieran y no dejaría de dolerles que alguno dijera: vámonos de viaje, pero dejamos al pequeño que es muy aburrido. No es posible. El viaje es para que cada uno disfrute, disfrutando todos juntos. La oración que nos enseña Cristo nos introduce en esta lógica de la fraternidad. “Uno solo es vuestro Maestro y todos vosotros sois hermanos” (Mt 23, 8).

Hemos de insistir en la petición al Señor de su gracia para superar tantas cosas menudas que a veces hacen difícil mirarnos como hermanos. Dejar que el Espíritu Santo impulse nuestro corazón a estar pendientes de nuestros hermanos. Es un problema de facilidad de trato que supera toda barrera, toda diferencia, porque es evidente que hay muchas cosas que nos hace diferentes: nuestro modo de ser, nuestro modo de actuar, porque cada uno “es de su padre y de su madre”. Hemos de aprender a llevar los unos las cargas de los otros (Ga 6,2). Y el rezo habitual del Padre nuestro nos lleva por esos caminos.

Pidamos a Nuestra Madre, que aprendamos a mirarnos unos a otros como nos mira Ella. Aprender de María, como nos decía el Papa Francisco, la revolución de la ternura: “Porque cada vez que miramos a María volvemos a creer en lo revolucionario de la ternura y del cariño. En ella vemos que la humildad y la ternura no son virtudes de los débiles sino de los fuertes” (Evangelii gaudium 288).