La solemnidad del Sagrado corazón que la Iglesia entera celebra en el día de hoy nos invita a volver nuestra mirada al Corazón Misericordioso del que brota la misericordia del Señor que, como decimos con el salmo de hoy, “dura por siempre para aquellos que lo temen”. ¡Cuánto nos ama Dios, cuánto valor tenemos cada uno a sus ojos, para que Dios haya dado a su Hijo, a fin de que él, el hombre, ‘no muera, sino que tenga la vida eterna’! (cf. San Juan Pablo II, Encíclica “Redemptor hominis”, 10). Este es el misterio que no muestra el sacratísimo Corazón de Jesús abierto en la cruz. En el centro de esta fiesta y esta devoción está, en primer lugar, tomar conciencia del amor desbordante de Dios por cada hombre. “Porque tu amor al mundo fue tan misericordioso que no sólo nos enviaste como redentor a tu propio Hijo, sino que en todo lo quisiste semejante al hombre, menos en el pecado, para así amar en nosotros lo que amabas en El”, rezamos en el Prefacio VII, Dominical del Tiempo ordinario.

En el Evangelio de la Misa de hoy, El Señor nos anima a acercarnos a Él para que con su gracias nos limpie, nos llenes de esperanza. “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré”. Al tiempo que nos anima a perderle el miedo a la cruz: “Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso. Para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera”. El amor de Dios nos pone delante su poder y al mismo tiempo la necesidad de unirnos a su Cruz redentora. “No es el poder lo que redime, sino el amor. Éste es el distintivo de Dios: Él mismo es amor. ¡Cuántas veces desearíamos que Dios se mostrara más fuerte! Que actuara duramente, derrotara el mal y creara un mundo mejor. Todas las ideologías del poder se justifican así, justifican la destrucción de lo que se opondría al progreso y a la liberación de la humanidad. Nosotros sufrimos por la paciencia de Dios. Y, no obstante, todos necesitamos su paciencia. El Dios, que se ha hecho cordero, nos dice que el mundo se salva por el Crucificado y no por los crucificadores. El mundo es redimido por la paciencia de Dios y destruido por la impaciencia de los hombres” (Benedicto XVI, Homilía en el inicio de su pontificado). También esto está en el centro de la devoción al Sagrado Corazón.

Hoy es un día para repetirle muchas veces al Señor, con las palabras del Salmo 25, “recuerda Señor que tu ternura y tu misericordia son eternas”. Repetirlo despacio, como saboreándolo, no porque el Dios tenga necesidad de nuestra insistencia para que nos mire con ternura y misericordia. No. La necesidad se da en nosotros. Somos nosotros quienes necesitamos recordar una y otra vez cómo nos mira Dios, cual es la insondable riqueza de su corazón. En la medida en que tomemos consciencia de esto, de cuál es la inmensidad del amor de Dios por nosotros, nuestra vida, la entrega y el sacrificio alegre adquieren un impulso que no podríamos ni sospechar, superando nuestras fuerzas.

María es la criatura que mejor a descubierto cual es el amor del corazón de su Hijo, que excede todo conocimiento, acudamos a Ella para que Cristo habite en nuestros corazones y seamos colmados de toda la plenitud de Dios (cf. Ef 3, 17-18).