A propósito de la pregunta del “joven rico”, Jesús marca como dos niveles: hacer las cosas bien, ser un cristiano cumplidor, y “ser perfecto”. No está mal ser cumplidor de nuestros deberes y de los Mandamientos, de hecho el Señor los muestra como inicio de la respuesta del discípulo y el joven del Evangelio dice haberlos cumplido todos. Sin embargo, aún no ha hecho el descubrimiento más decisivo de su vida: que no está llamado a ser únicamente un seguidor, un discípulo ¡sino hijo, predestinado desde antes de la creación del mundo a participar de la filiación de Cristo (Ef 1,4-5)! Por no haber hecho semejante descubrimiento se limita a obedecer ¡pero no se sabe amado con ternura y misericordia eternas (Sal 24,6)! No se ha dado cuenta de cómo le miraba el Señor. San Marcos nos da un detalle importante de esta petición de Jesús al joven rico: “Y Jesús, fijando en él su mirada, se prendó de él y le dijo: Una cosa te falta”. Sólo cuando uno se descubre amado con ese amor gratuito, lleno “de ternura y misericordia” sabe que en comparación con ser amado así ninguna otra cosa vale nada. Podemos decir que este joven se fue sin lo más valioso y por ello “se fue triste”. Cuando abrimos nuestro corazón a un amor así, ya no se obedece, no se cumple, se corresponde a ese amor, se ama. No dejemos de asombrarnos por que Dios nos amé así, de descubrirnos mirados como este joven. Todo cambia en el modo de vivir, porque descubriremos que se nos ha dado la “única cosa necesaria”.

Únicamente desde este descubrimiento la llamada a la perfección no es percibida como una exigencia que contraria mis deseos y mi libertad, sino que muy al contrario habremos descubierto la libertad verdadera. Como nos recordaba Benedicto XVI: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (“Deus caritas est”, 1). El camino de la perfección, de la santidad, comienza aquí en ese encuentro amoroso con Cristo. La santidad no consiste en hacer cosas cada día más difíciles, sino en hacerlas cada vez con más amor. El Señor ha prometido que nos dará un corazón nuevo y os infundirá su Espíritu (Ez 36, 25) para descubrir su santidad. Pidamos ese corazón nuevo, “para que caminéis según mis preceptos, y guardéis y cumpláis mis mandatos” (Ez 36, 27) como hijos muy amados. El apóstol San Pablo no se cansa de amonestarnos para que vivamos “como conviene a los santos” (Ef. 5, 3). La santidad no es otra cosa que la plenitud de la filiación divina.

En esa lucha por corresponder al amor de Dios habrá victorias y también derrotas, pero la gracia lo transformará en triunfos si somos humildes y volvemos a nuestro Padre del Cielo para pedir perdón y gracia para no sucumbir a nuestras fragilidades. La santidad requiere lucha, pero una lucha por amor. Supone sacrificios y renuncias, al igual que lo exigen las metas altas que nos proponemos. Por eso es necesaria una buena dosis de esperanza y un alma grande, para aspirar a algo más que una medianía. San Cipriano exhortaba a los cristianos a esa lucha sabiéndose mirados por Dios: “mientras luchamos por la fe, Dios nos contempla: Cristo y sus ángeles nos miran. ¡Qué dignidad tan grande, qué felicidad tan plena es luchar bajo la mirada de Dios, y ser coronados por Cristo! Revistámonos de fuerza y preparémonos para la lucha con un espíritu indoblegable, con una fe sincera, con una total entrega” (Carta 58, 8-9).

Ninguna otra criatura ha descubierto la mirada de tierna y amorosa de su hijo como María. Madre nuestra descúbrenos la mirada de tu Hijo sobre cada uno de nosotros.