La confesión de fe de San Pedro: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo” no tiene su origen en la perspicacia o la capacidad intelectual de San Pedro. Tiene su origen en Dios: “¡Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está los cielos”, y en atención a la misión que se le iba a encomendar: “ahora yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará”. San Pedro es, pues, el instrumento elegido para la edificación de la Iglesia de Cristo y no ha sido elegido en base a sus cualidades sino al designio de Dios. Esta la responsabilidad de cada sucesor de San Pedro, de cada Papa. A veces en el lenguaje más coloquial decimos que el Papa Benedicto XVI es el sucesor del Papa Juan Pablo II, pero es un modo equívoco de hablar. Cada Papa es sucesor de Pedro, como cada Obispo es sucesor del Colegio Apostólico, que tiene a Pedro como cabeza.

Cristo, como decía Benedicto XVI en una homilía, “no ha entregado la fe a los interminables debates de los sabios ni la Iglesia al poder organizativo de la gente. (…) Significa que no dependemos del humilde semáforo de nuestro sentido común, sino que el Señor nos ha dejado una luz de mayor tamaño. Significa que no tenemos que vivir quedando a solas con las suposiciones de la razón humana (…). En última instancia, Él mismo protege e interpreta su palabra” (El Espíritu Santo en Pentecostés). No es una tarea fácil conservar el depósito de la fe. Y en casi todas las cartas de los Apóstoles encontramos testimonio de la lucha por defender de la Revelación. San Pablo exhorta a Timoteo a ser fuerte, “pues vendrá un tiempo en que no soportarán la sana doctrina, sino que se rodearán de maestros a la medida de sus pasiones para halagarse el oído. Cerrarán sus oídos a la verdad, y se volverán a los mitos” (2 Tm 4, 3-4). No falta quienes se alejan de la Iglesia por considerar que en su misión de custodiar el depósito de la fe se termina por hacer rígida, por no adatarse a los tiempos, y se hace, dicen, intransigente. Sin embargo la certeza en la verdad no es intransigencia, como decía Garrigou Lagrange, “la Iglesia es intolerante en los principios porque cree; pero es tolerante en la práctica porque ama. Los enemigos de la iglesia son tolerantes en los principios porque no creen; pero son intolerantes en la práctica porque no aman”. La Iglesia Santa, a cuyo cabeza está el Papa, es un misterio; no es una institución meramente humana. Ha sido instituida por Dios mismo como prolongación de la Encarnación y Redención de Jesucristo, que actualiza e Ella su obra de salvación.

Es una gran responsabilidad la de cada Papa y esto nos debe llevar a rezar con insistencia por el Santo Padre, sea el que sea, ahora el Papa Francisco. A manifestarle nuestro cariño, a saber ofrecer por él horas de trabajo, contradicciones personales y obediencia a su Magisterio. No se puede sentir con la Iglesia sin sentir con Pedro “ni puede tener a Dios como Padre, quien no tiene a la Iglesia como Madre” (S. Cipriano).

María, Madre de la Iglesia ponga en nuestro corazón un amor grande a la Iglesia y al Romano Pontífice.