Nos dice el Evangelio de hoy nos dice cómo cuantos le escuchaban “tenían los ojos clavados en él” “y se admiraban de las palabras de gracia que salían de su boca”. Cuando leemos este texto y nos imaginamos la escena es fácil sentir el deseo de estar como estos hombres y mujeres con la mirada “clavada” en Cristo. Cambia mucho nuestra vida cuando la pasamos así, con los “ojos fijos en Jesús” (Hb 12, 2). Es verdad que las dificultades de las vida no desaparecen ni tampoco los sufrimientos ni las penas, pero se viven de un modo muy diferente. Mirar a Cristo y saberse mirado por él nos ayuda a vivir más abandonados en la providencia de Dios, con la seguridad de que él hace que todas las cosas confluyan para nuestro bien (cf. Rm 8, 28). Cuando dejamos de dirigir nuestra mirada a Cristo, la tristeza y los afanes de este mundo nos atenazan.

Por esto es tan importante hoy descubrir el rostro de Cristo para mirarle para oírle y admirarnos de las palabras de gracia que salen de su boca. Para descubrir el rostro de Jesús es necesario recorrer el camino de la adoración y de la contemplación: “Qué dulce es estar frente a un crucifijo, o de rodillas delante del Santísimo, y simplemente ser ante sus ojos! ¡Cuánto bien nos hace dejar que Él vuelva a tocar nuestra existencia y nos lance a comunicar su vida nueva! (Papa Francisco, Exhortación “Evangelii gaudium” 264). “Se trata, de mirar a Dios, pero sobre todo de sentirse mirado por Él” (“S. Rubin, F. Ambrogetti, El Papa Francisco, “Conversaciones con Jorge Bergoglio”). Parece sencillo: dejarse mirar, simplemente ser en la presencia de Dios… pero no lo es en un mundo en que prima la acción y la eficiencia. En un mundo así la contemplación no tiene sitio ni sentido.

Hemos de volver cada día al Evangelio, sin prisas, dándole a Jesús el derecho a que nos hable al corazón para, así, poder clavar nuestros ojos en Jesús y admirarnos de su enseñanza. Sin escandalizarnos de cuanto nos haga entender y de aquello que nos pide. No defendernos de su Palabra, de su mirada. SI lo hiciéramos, al igual que aquellos personajes del evangelio cambiamos el asombro de su sabiduría por nuestra racionalidad ¿no es este el hijo de José? Un hombre sencillo, un artesano sin especial preparación intelectual.

María, nos recordaba Benedicto XVI en sus catequesis sobre la oración,  recorre con nosotros el camino de la contemplación en medio de las ocupaciones de todos los días. Miremos a Cristo con la mirada de María, pidámosla que nos conceda verle con sus ojos. Ella nos enseñará a contemplar. La capacidad de María de vivir de la mirada de Dios es, por decirlo así, contagiosa. Dejemos que nos contagie.01