Los milagros de Jesús dejan a quienes los presencian asombrados de la autoridad de su palabra y se preguntan “¿Qué clase de palabra es esta? Pues da órdenes con autoridad”. Es decir, lo que expresan sus palabras se realiza. Podemos pensar que aquellos hombres tuvieron la suerte de presenciarlos de comprobar cómo su palabra se hacía realidad. Sin embargo, nosotros tenemos también la ocasión de “ver” el poder de la palabra de Cristo. Cada vez que se celebra un sacramento se realiza mediante la fuerza de la palabra de Cristo. Nos fijamos en los dos que podemos recibir con frecuencia.

Cuando recibimos el sacramento de la reconciliación el mismo Jesús nos dice: “tus pecados están perdonados, vete en paz” y realmente sucede. Quizá hayamos dejado de asombrarnos de cuanto sucede en este sacramento y nuestra fe se ha debilitado y nos ha dejado ciegos. Por ello debemos considerar el milagro que acontece por la fuerza de palabra de Cristo. Cada vez que recibimos la absolución sacramental se actualiza la petición del Padre de la parábola del hijo pródigo al mandar a sus criados: “ponedle el mejor vestido”. No uno bueno ¡El mejor! ¿Y cual es el mejor vestido del Padre? Evidentemente, Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre. Y esto sucede, no por la fuerza de nuestro arrepentimiento, nuestro propósito de enmienda o por la fuerza de nuestra penitencia. Esto sucede únicamente por la fuerza de las palabras de Cristo. Recordemos, como decía San Agustín, que cuando un sacerdote bautiza es Dios quien bautiza, o cuando un sacerdote absuelve es Cristo quien lo hace. Hacer memoria de cuanto acontece en ese momento. Los ángeles que contemplan el espectáculo no dejan de asombrarse de que seamos revestidos de Cristo. Y quizás también se asombren de que tú y yo no nos demos cuenta y no nos gocemos de cuanto acontece. Seríamos unos vulgares si “pasamos por alto lo extraordinario” sin darnos cuenta.

Otro tanto cabría decir de la Eucaristía. Cuando Cristo dice: “Esto es mi Cuerpo”, “Esta es mi Sangre”, en verdad se convierten toda la sustancia del pan y del vino en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo. Y esto no sucede por la fuerza de la comunidad reunida en el nombre del Señor, esto sucede por la fuerza de palabra de Jesús, que mandó a sus apóstoles: “haced esto en conmemoración mía”. San Juan Pablo II nos escribió una encíclica, Ecclesia de Eucharistia, con “el deseo de suscitar este asombro” ante el misterio eucarístico. Y nos dejó un camino para que este asombro se apodere de nosotros: “La presencia de Jesús en el tabernáculo ha de ser como un polo de atracción para un número cada vez mayor de almas enamoradas de Él, capaces de estar largo tiempo como escuchando su voz y sintiendo los latidos de su corazón. ¡Gustad y ved qué bueno es el Señor!(Sal 33, 9)” (“Mane nobiscum” Dómine 18). Entonces, igual que a los discípulos de Emaús, se nos abrirán los ojos y podremos reconocerle.

“La sabiduría empieza en el asombro, fruto de la contemplación. Me temo que los cristianos estemos perdiendo esa capacidad de asombro. Contemplar el rostro de Cristo y contemplarlo con María. Por este camino veremos muchos milagros, cómo la Palabra de Cristo no ha perdido nada de su vigor y de su fuerza. La contemplación de Cristo tiene en María su modelo insuperable. Nadie se dedicó con tanta asiduidad a la contemplación de Jesús como María. Mirar a Cristo con la mirada de María, verle con sus ojos. Ella nos enseñará a contemplar y asombrarnos de su sabiduría.