En la primera lectura de la Misa de hoy, Dios nos recuerda a través del profeta Jeremías que, nos ha hecho atalaya, nos ha puesto como centinelas para su pueblo, con la misión de dar la alarma cuando escuchemos una palabra de su boca. Es decir, nos llama a cuidar unos de otros.

Es Él quien nos pone de atalaya. No se trato de una misión que nos demos nosotros o una decisión nuestra. Dios es quien nos hace el encargo. El centinela vigila para bien de aquellos que cuida y comienza por oír lo que Dios quiere decirle a su pueblo. La primera disposición para cumplir con su encargo es escuchar la Palabra que sale de la boca de Dios. Sólo después “les advertirás” de mi parte. Por ello lo primero es saber escucharle. Darle el derecho a que os hable, como nos decía el Papa Benedicto en Colonia. No es tan sencillo porque cuando rezamos llevamos mucho ruido dentro. Es preciso aprender a recogerse y hacer silencio interior para escuchar la voz de Dios. Cuántas veces nos ayudara a ello coger la Palabra de Dios y leer despacio para dejarle que nos hable.

En la antífona del salmo el Espíritu Santo nos deja otro aspecto a cultivar para poder escuchar y distinguir la voz de Dios de nuestras voces y ruidos interiores: “No endurecer el corazón”. Ojalá escuchéis hoy su voz. Nos lo dice a cada uno ¡hoy! ¡Cuántas veces nos justificamos a nosotros mismos y rebajamos la exigencia de la Palabra de Dios acomodándola a nuestro querer y no al revés, acomodar nuestro querer a su Palabra! Esto endurece nuestro corazón. Escuchar aunque no nos guste lo que oigamos. Escuchar aunque sea una corrección por parte de Dios. “No desdeñes, hijo mío, la instrucción de Yahveh, no te dé fastidio su reprensión, porque Yahveh reprende a aquel que ama, como un padre al hijo querido” (Pro 3, 11-12).

Porque Dios nos ha hecho corresponsables a los unos de los otros, tendremos que vigilar para corregir según la voz de Dios. La corrección fraterna de que nos habla el Evangelio de hoy es un medio de esta solicitud. “Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas”. Hacerlo a solas y con cariño, sin olvidar que es un encargo de Dios. No podemos desentendernos de ello. Cuando no hacemos corrección fraterna acabamos murmurando y creando un ambiente de desconfianza. Es una gran responsabilidad. Nos pedirá cuentas de nuestros hermanos. “Si yo digo al malvado: malvado, vas a morir sin remedio, y tú no le hablas para advertir al malvado que deje su conducta, él, el malvado, morirá por su culpa, pero de su sangre yo te pediré cuentas a ti. Si por el contrario adviertes al malvado que se convierta de su conducta, y él no se convierte, morirá él debido a su culpa, mientras que tú habrás salvado tu vida”– Ez 33, 10-11). San Agustín recordaba en un sermón: “¿Os dais cuenta lo peligroso que puede resultar callarse?” (Sermón 46,20).

Pidamos a María, Madre nuestra sentirnos corresponsables unos de otros.