La parábola que nos cuenta Jesús en el evangelio de hoy tiene un motivo bien preciso: “en aquel tiempo, Jesús dijo una parábola, porque estaba él cerca de Jerusalén y pensaban que el reino de Dios iba a manifestase enseguida”. Desde esta perspectiva hemos de leer esta parábola: Jesús quería dejar claro que el Reino de Dios no se iba a manifestar enseguida, por el hecho de llegar él a Jerusalén.

El hombre noble que reparte unas minas de oro a sus sirvientes con el encargo de “negociar mientras vuelvo”, es una imagen de Cristo que nos entrega la vida de la gracia, su vida misma, para que con nuestra libertad colaboremos a que produzca frutos de verdadera caridad. Esto implica un empeño por nuestra parte para superar el pecado, un espíritu de conversión permanente. Hemos de quitar lo que nos estorba y el pecado que nos ata, y corramos en la carrera que nos toca, sin retirarnos, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe: Jesús, que, renunciando al gozo inmediato, soportó la cruz, despreciando la ignominia” (He 12, 1b –2).

Como comenta San Agustín, “todos los días hay combates en nuestro corazón, enseña San Agustín. Cada hombre en su alma lucha contra un ejército. Los enemigos son la soberbia, la avaricia, la gula, la sensualidad, la pereza… Y es difícil que estos ataques no nos produzcan alguna herida” (Comentario al Salmo 99). El primer enemigo de nuestra lucha es el desánimo. La constatación de que hay derrotas. San Juan Crisóstomo en una homilía sobre la penitencia nos anima a no desesperar: “¡No desesperéis nunca! Os lo diré en todos mis discursos, en todas mis conversaciones; y si me hacéis caso, sanareis. Nuestra salvación tiene dos enemigos mortales: la presunción cuando las cosas van bien y la desesperación después de la caída; este segundo es con mucho el mas terrible”. Hemos de tomar conciencia permanentemente de que no estamos solos a la hora de negociar con esas “minas” que el Señor nos ha confiado. Con su gracia ¡podemos!

Cuando decimos no puedo, esto es superior a mis fuerzas…; se preguntaba el Papa San Juan Pablo II: pero “¿cuáles son esas concretas posibilidades del hombre? ¿De qué hombre se habla? ¿Del hombre dominado por la concupiscencia o del hombre redimido?” (Alocución, 1 – III – 1984). No podemos olvidar que no estamos solos en la lucha dar esos frutos, por alcanzar la santidad. Nos acompaña el designio y el deseo de Dios de que seamos santos e irreprochables ante El por el amor – cfr. Ef 1,4 -; nos acompañan los méritos de los santos, de la Virgen María, por la bendita comunión de los santos. Y, sobre todo, la gracia de Cristo, que nos hace criaturas nuevas – 2 Cor 5,17 -, nos sana y fortalece con su gracia, que es ¡participación en su misma Vida de Hijo unigénito del Padre! -, ¡que nos hace santos!

Pidamos a María, Refugio y Fortaleza nuestra esa disposición a dejarnos transformar por los dones de Dios y confiados en su gracia no desfallecer en la lucha.