CUANDO SE TRATA DE GANAR

Escrito por webmaster el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Deuteronomio 30, 15-20; Sal 1, 1-2. 3. 4 y 6; san Lucas 9,22-25

Hace algunos años estuve visitando una casa de asistencia a gente disminuida. Eran unas religiosas las que cuidaban con cariño y extremo cuidado a esas personas que, en su mayoría, habían sido abandonadas por sus familiares porque, en definitiva, les resultaban un estorbo. Es verdaderamente incómodo el que tengas en casa a alguien que no se vale por sí mismo, y que tiene que ser asistido por otra persona incluso hasta los cuidados más elementales, como puede ser la higiene personal. Lo más cómodo es que sean otros los que se hagan cargo de esa situación, porque uno “se debe” a otro tipo de obligaciones y necesidades sociales… ¿Es ésta la lección práctica de nuestra sociedad del bienestar? No nos puede extrañar, entonces, el que algunos justifiquen como un bien común la muerte asistida, es decir, la eutanasia pura y dura.

Sin embargo, lo que me sorprendió no fue tanto la situación en la que se encontraba esa gente desvalida; sino que al entrar en la capilla que tenían dichas religiosas, y disponerme a rezar un poco, tropecé con uno de sus libros de oraciones. Algunos de los salmos estaban subrayados, e incluso con comentarios personales. Uno de ellos era precisamente el de hoy: “Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor”. Y la observación manuscrita que venía a continuación rezaba de esta manera: “Señor, que sepa sonreír con la mejor de tus sonrisas, cada mañana, y al mirar a los ojos de cada uno de estos tus predilectos que has puesto a mi cuidado, vea tus mismos ojos, Jesús mío”.

Por lo visto, esas religiosas se levantaban todos los días a las cinco de la mañana para rezar y asistir a la santa Misa y, posteriormente, dedicarse durante todo el día a cuidar a esa gente enferma. Y yo, no es que me sintiera conmovido, sino que, como en otras ocasiones, me llené de vergüenza. La admiración por el servicio que, no sólo prestaban, sino la entrega permanente de una vida por amor a Dios y a los hombres, me resultaba un “impertinente” revulsivo que susurraba en mi interior: “Y tú, ¿qué haces por Mí”.

Más allá del drama de aquellos que sufren y que nos conmueven al ver su situación de penuria y hambre, mayoritariamente en la televisión o en los periódicos, está nuestro propio drama personal. Nos dejamos llevar, ¡en tantas ocasiones!, por sentimientos y compasiones prestados, es decir, por la moda y la denuncia que nos dicen que hay que soportar, que olvidamos en qué situación nos encontramos personalmente. Ayer, por ejemplo, recordábamos nuestra condición de hombres y mujeres pecadores; pero, ¿de qué nos sirve recordar esto, si no practicamos lo esencial?

“El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo”. Esto es lo que nos pide Jesús que hagamos por Él. Y no precisamente como para hacerle un favor, sino para hacérnoslo a nosotros mismos. Ésta debería ser la actitud con la que tendríamos que despertarnos cada mañana, sabiendo que el mismo Dios me espera en la “esquina” de cualquier contradicción o contrariedad, aunque sea la más pequeña. Empezar por ahí es entender en qué consiste el amor… pero el amor de verdad, no el que quiere justificar la pasión desordenada, o la debilidad que ya conocemos; sino aquel otro que me dice que a pesar de todo lo que pueda ganar en este mundo, de poco me valdrá si no lo tengo a Él.

¡Bendita paradoja la del cristiano que, muriendo a lo que otros se empeñan por alcanzar, aún dando la propia vida, alcanza la verdadera salvación! Éste es el mensaje de esta Cuaresma, y de cada uno de nuestros días… Yo, por lo demás, sigo rezando por esas religiosas que entregan con tanta generosidad su tiempo y su vida, y que con sus notas, junto al margen de los salmos, me enseñaron a poner un poco más la confianza en Dios, y desdeñar de la mía propia.

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