Carne refulgente

Escrito por Comentarista 8 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Ap 11,19a.12,1.3-6a.10ab; Sal 44; 1 Co 15,20.27a; Lc 1,39-56

Dios se ha complacido en mirar la humildad de su sierva la Virgen María y ha querido elevarla a la digitad de Madre de su Hijo, coronándola de gloria y esplendor. Pedimos hoy que, por su intercesión, a cuantos ha salvado por el misterio de la redención, nos conceda también el premio de su gloria. En la misa del día leemos el capítulo 11 del Apocalipsis como referido a ella. Encontramos que en sus palabras se nos enseña lo que la Iglesia piensa de María. Al abrirse las puertas del templo celeste de Dios se ve el arca de la alianza. Y allá aparece una figura portentosa: una mujer vestida del sol, la luna por pedestal, coronada con doce estrellas. Estaba encinta y le tocó la hora de dar a luz. Es la Iglesia en los dolores del parto. Es María que da a luz a su hijo. Lucha de la Iglesia contra el dragón. Lucha de María contra el dragón. Quería devorar al niño en cuanto naciese. Pero el varón que vio la luz fue arrebatado de las fauces del dragón y llevado junto al trono de Dios. La carne virginal de María expresa y significa la carne sacramental de la Iglesia. En esa carne da a luz al varón refulgente, el Hijo de Dios encarnado en su seno. Seno de realidad. Seno de sacramentalidad.
Ella, María, es figura y primicia de la Iglesia que un día será glorificada. Ella no conoció la corrupción como prenda de la incorrupción a la que también nosotros, frutos de redención, estamos destinados. Es consuelo y esperanza, pues en ella vemos reflejado el destino misericordioso que Dios nos presenta y que ella ya vive en la realidad de su carne refulgente. Porque la misericordia del Señor no se encerró en ella, sino que, por ella, por el fruto de su seno, Jesús, el Hijo de Dios, niño de encarnación, se nos dona como forma para nosotros. Carne como la nuestra que da a luz un hijo como nosotros. Carne que sube a los cielos para ser recibida en el seno de Dios, como primicia de lo que ha de ser nuestro destino.
El destino de nuestra misma carne. Pues con ella, y con la carne resucitada de su Hijo, la carne ha encontrado su lugar en el seno mismo de la Trinidad Santísima. Y allá se nos promete a nosotros la realidad del lugar definitivo de nuestra redención. Carne redimida. Carne salvada.
Porque Cristo ha resucitado. El dragón no pudo con el hijo, no tuvo la fuerza de hacerse con él. Y por él, ahora, viene a nosotros la resurrección. Por un hombre vino la muerte, y por otro, Jesús, el hijo de María, viene la resurrección. Por Cristo todos volvemos a una vida definitiva en Dios. En la oración para después de la comunión le pedimos a Dios que, por intercesión de la Virgen María, que ha subido a los cielos, lleguemos a la gloria de la resurrección. Ella nos muestra el camino, primero cuando da el sí al ángel que le habla en nombre de Dios y en su seno crece el hijo. Ella, además, nos muestra la cercanía que en la vida y en su muerte tuvo con su hijo, hasta el punto de que estando cerca de ella nos aproximamos por entero al Hijo. Y ahora ella, por la gracia especial del Padre, nos muestra el camino que, debido a su bondad redentora, en él, con él y por él, lleva al cielo.

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