Los Dolores de Nuestra Señora

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Nuestra Señora de los Dolores (Soledad, Sol, Marisol, Angustias). Santos: Nicomedes, Valeriano, Emila (Emiliano, Emilia) y Jeremías, Militina, Cirino, Serapión, Leoncio, Herculano, Máximo, Teódoto, Asclepiódoto, Nicetas, Porfirio, mártires; Silvano, Epiro, Leobino, obispos; Albino, Apro, confesores; Aicardo, abad; Rolando, ermitaño; Eutropia.

Siete son los dolores que tipifica la tradición piadosa con base a los datos evangélicos. Por orden son estos: la profecía de Simeón, la huida a Egipto, la pérdida de Jesús cuando tenía doce años en el Templo de Jerusalén, el encuentro con su hijo en la calle de la Amargura, la crucifixión y muerte sucedidas en el Calvario, el descendimiento y, por último, la sepultura. Pero, en realidad, de verdad fueron muchos más. Tuvo ella todos los dolores, ¿o es que puede pensarse que se quedara impasible ante la partida del casto esposo José, o que la intuición de madre no fuera capaz de advertir la animosidad creciente que la figura de Jesús iba despertando –in crescendo– entre los principales rectores de la sociedad que comenzaron poniéndole tropiezos, siguieron llamándole loco, continuaron denigrando su fama porque tenía trato con publicanos y pecadores y acabaron llamándole Belcebú hasta que decidieron tramar su muerte? Los siete enumerados son solo «hechos-clave» que marcan de modo especial su itinerario de dolor; pero fueron muchos más. Quizá el número siete tenga, en este caso un cierto sabor bíblico que indica plenitud.

Federico Ozanan intuyó bien esta afirmación al escribir que «la liturgia católica no tiene nada tan patético» como las estrofas del Stabat mater que compuso el franciscano Jacopone de Todi († 1306).

Y debe de ser cierto. Asociando a los dolores del hijo los de su madre, siempre suscitaron una compasión llena de ternura a los que adoran en Jesús al Hijo de Dios y veneran en María a la Madre de Dios. Así lo hizo Efrén; y tampoco pasaron desapercibidos esos dolores y angustias para Agustín, Antonio, Bernardo e infinitos más. Siempre el pueblo cristiano la invocará con el título de Regina martyrum para hacer ver que, por encima de ellos, la entrega de su vida estuvo adornada con la guirnalda del dolor.

La devoción a los dolores de María fue ampliamente difundida por los servitas, fundados en el siglo xiii por aquellos siete varones florentinos. Felipe Benicio, superior general de la Orden, extendió la devoción del hábito de la Virgen Dolorosa y su escapulario. Llegó a ser fiesta religiosa –fijada para el 15 de septiembre– ya en tiempos de Pío VII, en recuerdo de sus propios sufrimientos durante la cautividad napoleónica. La profundidad del eco despertado en el pueblo –¡quién no tiene dolores!– queda testificada por la incontable profusión de imágenes de «La Dolorosa» que se exhiben con piedad para el culto en los templos y pasean arte por las calles de las ciudades en las procesiones.

Ella supo estar derecha ante el dolor de la cruz, enseñando la realidad brutal que lleva consigo cualquier pecado del hombre.

¡Eia, Mater, fons amoris…! Y es que se necesita la gracia sobrenatural que aúpe el corazón humano y mueve la sensibilidad para poder siquiera rastrear la intensidad de los sufrimientos de Cristo y los de su Madre santa. Sí. Hasta las piedras saltaron hechas pedazos aquel día. Pero sus dolores llevaban promesa de cosecha feraz. Porque el Hijo la miró, sintiéndose ella amada, proponiendo el intercambio inexplicable de filiación y extendía a otros hijos su maternidad. No solo pedía al discípulo Juan la atención a la Madre en compasión para no verla desamparada; se trataba de mucho más. Era –en misterio recibido– la donación al discípulo de su filiación, entendiendo que el cambio de Hijo por discípulo comportaba ya la elevación del creyente hasta la divinidad, salvando por gracia la distancia y nivelando así la desigualdad.

Dolores. Unida a la entrega de su Hijo, se ofreció al Padre cooperando de modo impar e irrepetible con el único Redentor. Corredención. Se aprende el «sí» continuado del día nazareno.

Todo el arte queda como inexpresiva materia inerte, incapaz de manifestar lo interno e íntimo en gracias, amor y dolor de santa María.

Pecado-dolor-amor. Tríptico que abre puerta a la esperanza, después de haber mordido el arrepentimiento.

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