La Presentación de Nuestra Señora

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La Presentación de Nuestra Señora. Santos: Gelasio I, papa; Alberto, obispo y mártir; Mauro, Pápolo, obispos; Alejandro, Rufo, Romeo, confesores; Basilio, Auxilio, Saturnino, Celso, Clemente, Honorio, Demetrio, Heliodoro, Eutiquio, Esteban, Honorio, mártires; Digain, rey; Columbano, monje.

Los pintores renacentistas dejaron en su lienzo la figura de la Virgen niña que sube correteando las escaleras del templo mientras el Sumo Sacerdote, revestido de los más preciosos ornamentos, recibe la ofrenda; prudentemente distanciados, Joaquín y Ana, los padres de la niña, contemplan el acto, como en segundo plano. Pero eso es la expresión imaginativa de los artistas; otra cosa distinta es que alguna vez aquello haya sido realidad.

En primer lugar hay que decir que no hay que confundir la presentación de la Virgen María con la presentación del Niño Jesús. Con respecto a esta última hay que decir que es un acontecimiento histórico, avalado por el testimonio evangélico, común en el pueblo judío contemporáneo de Cristo, y acto que responde a un imperativo religioso legal veterotestamentario consistente en presentar al primogénito varón recién nacido, ofreciéndolo al Templo y rescatándolo por una ofrenda de animales. La presentación de la Virgen, por el contrario, solo roza la posibilidad ni siquiera probable, no tiene apoyatura histórica fiable, y responde a una tradición piadosa.

Dice esta antigua tradición que el matrimonio de Joaquín y Ana soporta la pena de no tener descendencia; que los esposos sufren pacientes el oprobio de sentirse excluidos de la posibilidad de tener entre su descendencia al Mesías. Ana y su esposo han rogado y suplicado al Señor; incluso han hecho voto de ofrecer el fruto de sus entrañas a su servicio. Una vez nacida la hija tan esperada, cuando tiene tres años, cumplen la promesa, dándola al Templo.

Lo más probable es que haya sido el influjo de los evangelios apócrifos –no auténticos– los que han filtrado esta imagen sufriente, expectante y oferente de los padres de la Virgen cuya identidad es, por otra parte, desconocida.

Con respecto a la situación anímica de sus padres hay que decir que, en el supuesto de que ciertamente fueran estériles, ciertamente encaja la situación psicológica con la de cualquier matrimonio que con toda lógica anhela ver reflejado su amor en el fruto de los hijos; y más, con el agravante que pesa sobre la sociedad judía contemporánea al verse privados de la posibilidad –poco probable– de descendencia mesiánica, hasta el punto de considerar a la esterilidad casi como castigo de Dios; pero tampoco es demostrable que fueran Joaquín y Ana de ascendencia davídica.

Por parte del Templo, el asunto del ofrecimiento de la niña solo se entiende a semejanza de lo que era preciso hacer con los primogénitos varones nacidos. Pero también aquí tenemos solo indicios para avalar esta posibilidad por las referencias bíblicas que poseemos. Se encuentra alguna rara alusión sobre la existencia de una comunidad femenina dentro del recinto sagrado, como podría deducirse de la afirmación lucana sobre la «profetisa Ana que no se apartaba del templo día y noche con ayuno y oraciones». Parece probado que había estancias dentro del contorno amurallado por los episodios de Helí y Samuel y por la afirmación de que en esas dependencias estuvo escondido por seis años Joás con su nodriza y así pudo escapar de la persecución a muerte por parte de Ococías. A pesar de ello, no hay constancia bíblica de la existencia de niñas en el Templo de Jerusalén; sería único y extraño el caso de María en el supuesto de que en la Biblia se mencionara, cosa que no sucede.

Claro está que estas dificultades han influido como obstáculos para poder afirmar el dato de la presentación de la Virgen María y que ello cuajara en fiesta. La primera referencia de escritos eclesiásticos en los Padres de la Iglesia es bastante tardía; se remonta al siglo v. Se conoce la existencia de esta fiesta en el siglo vi, en Oriente. En Occidente, se registra la presentación de la Virgen en el siglo xii, en el sur de Italia y en Inglaterra. Gregorio XI la introdujo en Aviñón y a España vino con Cisneros. Cuando se reforma el calendario en tiempos de Pío V, quedó suprimida, y nuevamente restablecida con Sixto V.

Y, ciertamente, entre los historiadores y liturgistas se han dado oleadas de tensiones. Ha habido voluntad de suprimirla por apócrifa y también deseos de restaurarla y mantenerla por considerarla fiesta-resumen que expresa la disposición interna, habitual, permanente y libre de la Virgen Madre de Dios a lo largo de todo el curso de su existencia terrena. Porque, si consagrar es dedicar algo o alguien al exclusivo uso de Dios para el culto o para su servicio, ¿cómo no va a poderse celebrar lo que significa la Presentación de la Virgen María en el Templo –aunque esta no se diera– como epítome condensado de la vida entera de María?

La «llena de gracia» y de fe, con claridad humilde y recia dijo un día «fiat» haciéndolo permanente perseverancia con absoluta y definitiva disponibilidad «siendo de Dios» en sus obras, que solo eran el exponente de sus pensamientos, deseos, aspiraciones y proyectos.

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