Mandó traer los vasos de oro y plata del Templo

Escrito por Comentarista 8 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Da 5,1-6.13-14.16-17.23-28: Da 3,62-67; Lu 21,12-19

Os echarán mano. Se reirán de vosotros. Escanciarán el vino en vuestros cálices. Os traicionarán hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos, y matarán a alguno de vosotros, y todos os odiarán por causa de mi nombre.
Produce espanto leer esto. En algo parece referirse a los tiempos en que vivimos. Tiempos que se dirían casi de ultimidad del cristianismo, al menos en nuestras tierras. Somos la risión de todos. Nos toman por el pito del sereno. Todo lo que decimos, todo lo que defendemos, toma el aspecto de estar mal; rematadamente mal. Todo lo nuestro se nos dice contrario a los modernos tiempos que disfrutamos. Son tiempos últimos. ¿Desapareceremos de sobre la faz de la tierra, al menos de nuestra tierra?

¡Exageras! Sí, claro. Pero algo parece haber de este regusto. Es verdad que, no lo podemos olvidar, lo que acontece acá ni mucho menos es papel corriente en otras tierras; tierras más pobres, más emergentes. Pero estas, las del rico epulón, señalan una decadencia de ultimidad.

¿Son así las cosas? ¿No hay signos que indican nuevos tiempos, por los que podemos juzgar lo que son los nuestros? No sólo signos que se dan en países lejanos, sino también entre nosotros, en nuestras tierras. ¿No hay también ahora unos dedos de mano humana escribiendo sobre el revoque del muro del palacio del poder, frente al candelabro de sus luces? Mas ¿quién los verá, qué rodillas se entrechocarán por el espanto? ¿Las crisis económicas? ¿Nuestra perplejidad ante ellas, pues apenas si nadie las había visto venir? ¿Las enormes dificultades para enderezar su rumbo? ¿El sinsentido de algunas de las soluciones que se proponen para ello?

¿No tenemos que interpretar los signos de nuestros tiempos y trabajar para tomar caminos de futuro? Porque facilidades como las que nos traen las anunciadas nuevas leyes del aborto —a más de la terrible realidad que significan—, de cuyos desgarros ellas son signo, ¿no nos están llevando, por ejemplo, a una población increíblemente envejecida? ¿Vamos por buen camino? ¿No formamos parte de una sociedad suicida, que corre a grandes pasos hacia su destrucción?

¿Qué haremos? ¿Retirarnos a nuestros meros adentros en un puro desentenderse de todo lo que acontece en nuestra sociedad? ¿Dedicarnos al mero gruñir como perro malherido, al que nadie toma en consideración?

Debemos construir redes de vida eterna. Crear un tejido de novedad de manera que, como en los Hechos de los apóstoles, en estos tiempos tan recios, tan destartalados, tan injuriosos, vaya habiendo gente que, desde el profundo malestar en el que se ven envueltos, se digan: mirad como se aman. Seres de amorosidad que van construyendo estructuras amorosas en esta sociedad que es la nuestra. Con su vida, claro, pero también aprovechando con inteligencia todos los caminos y vericuetos que nuestra sociedad permite. Sean redes de atención a los más abandonados y enfermos. Redes de cariños. Sean colegios en los que se forma, ¡y se forma bien!, según lo que son nuestras pautas de amor y de trabajo, que luego van a brillar en nuestra sociedad. Redes de educación. Sean grupos que buscan entrar en trabajos económicos, sociales y políticos en los que se vea la luz de las bienaventuranzas. Redes de tejido social. Sean medios de comunicación. Sean redes de pensamiento. Redes de atención y de creación de opinión. Tantas cosas y lugares en donde tenemos que hacernos presentes, si es que no buscamos, nosotros también, vivir unos últimos tiempos de lo cristiano.

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