La Palabra se ha hecho carne de hombre

Escrito por Comentarista 8 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Ecl 24,1-4.12-16; Sal 147; Ef 1,3-6.15-18; Ju 1,1-18

Repetimos hoy la majestuosa introducción del Evangelio de Juan. Pocas páginas del NT han calado tan hondo en lo que decimos y en lo que vivimos los cristianos. La Palabra estaba junto a Dios, por su medio todo fue creado, en ella había vida y luz. Pero no la recibimos, y quedamos en las tinieblas. Mas la Palabra se hizo carne como nosotros, con nosotros, para nosotros. En el seno de María. También en nuestro seno. Habita entre nosotros. Por eso, contemplamos su gloria; gloria de Dios. El Hijo único del Padre. Jesús. Es él quien nos da a conocer al Padre. En él, lo vemos. Por entero.

Estableció su morada en Jacob. Somos su heredad. Y echó raíces entre nosotros. La gloria de Dios se hizo carne con nosotros. ¿Qué podremos hacer, pues? Glorificar al Señor. Alabarle por siempre. Estar con él. Seguirle. Permanecer atentos a su susurro. Pues nos entrega su paz. Una paz que crece en medio del griterío que casi nos anega. Una Palabra que corre veloz. Una palabra que es feliz anuncio. Que se hace, por su medio, nuestra propia palabra. No es que nuestra palabra se haga Palabra de Dios. Sino que ella se ha hecho palabra y acción como la nuestra, buscando que también nosotros seamos divinos; que lo sean nuestra palabra y nuestra acción. Maravilloso comercio.

Jesús. Jesucristo dice casi siempre san Pablo. Porque todo esto es una realidad, mejor, la realidad verdaderamente real. Ni cosas mundanales ni nuestras construcciones de realidades. Sino una realidad que es realidad de Dios. Fundamento de realidad que nos salva y salva todo lo real. Todo esto tiene un nombre: Jesús, nacido de mujer. No un personaje puramente mítico, que no desciende a nuestro mundo de carne, sino que se queda en las alturas, encerrado en ellas. Nacido de mujer: María, su madre.

Bendecidos por Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo. Bendito sea. En él todo nos lo ha donado. Más, mucho más, pues, en él, nos eligió. Cuándo, ¿antes de que el mundo fuera creado? En Cristo, somos proyecto de Dios. ¿Para qué? Para librarnos del pecado y de la muerte. Mas ¿a qué se debe que nos creara de este modo, sometidos al pecado y a la muerte? Porque nos quiso libres, como él era, es y será libre. Quería que le bendijéramos desde lo más hondo de nosotros mismos. Y eso tenía sus inconvenientes. Casi hacemos fracasar el proyecto de Dios. Nos envió a su Hijo, Jesús, carne como la nuestra, en todo igual a nosotros, excepto en el pecado, para que supiéramos de su libre abandono en las manos del Padre. Comercio maravilloso. Y de esta manera nos predestinó a ser hijos adoptivos suyos. Siempre por Jesucristo.

Qué bonito cuando Pablo nos dice que ha oído hablar de nuestra fe en Cristo. Porque nuestra fe en él es el sendero de nuestra libertad. Señor, haz que crea. Señor, creo, pero ayuda mi incredulidad. ¿Cómo podríamos creer en él si no fuera el Espíritu quien gritara desde el fondo de nuestro mismo corazón: Abba (Padre)? Porque creemos, su Espíritu viene a nosotros. Pero creemos porque pasa a nuestro lado y nos mira. La suya es una suasión de enamoramiento. Algo que va más allá de la pura racionalidad; pero que nunca es contraria a ella. Ahora bien, es verdad, ¿quiénes se acercan a él? Los pastorcillos, los endemoniados, los pobres, los pecadores, los publicanos. Nosotros.

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