Clemente María Hofbauer, confesor (1715-1819)

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Santos: Raimundo de Fitero, Sisebuto, Adyuto, Probo abades; Longinos, Aristóbulo, Menigno, Nicandro, Matrona o Madrona, Leocricia, mártires; Zacarías, papa; Clemente María Hofbauer, confesor; Especioso, monje; Luisa de Marillac, fundadora.

El hijo del carnicero nació en Tasswit (Moravia) en el 1715. Fue el noveno de 12 hijos. Después del entierro de su padre, su madre tuvo el arrojo de decirle delante de un crucifijo: «Mira, hijo, en adelante Este será tu padre. Guárdate de afligirle con un pecado».

Tuvo dificultades para ser sacerdote –antes había que ganarse la vida como panadero–; se ordenó a los treinta y cuatro años, en Roma. Es religioso Redentorista.

Regresa a Viena, pero corren los tiempos del «josefinismo». Sí, José II está intentando la reforma de la Iglesia que lleva como presupuesto el sometimiento de la Iglesia a los poderes civiles del Estado. Es lo que marca el tiempo. Es el siglo llamado «de las luces» o del despotismo ilustrado. Toda Europa corre por los mismos caminos de regalismo que acaba en el laicismo más refinado con un entramado de corrientes filosóficas, religiosas, políticas y económicas en donde juegan las tendencias jansenistas, protestantes, masónicas y volterianas. Bastantes Órdenes religiosas son expulsadas de los lugares en que desempeñaban sus apostolados y algunas quedan disueltas, con sus bienes materiales incautados. (También en España se darán las mismas corrientes con sus mismos síntomas y resultados.)

Marcha Clemente con su compañero a Polonia. Allá, en la iglesia de San Bennon de Varsovia no tienen ni camas, duermen encima de una mesa. Pero aquello se convierte en un centro de irradiación religiosa. Llenan la iglesia mil personas cinco veces cada día; se predican cinco sermones diarios, dos en alemán y tres en polaco; hay Via Crucis, Visita a Jesús Sacramentado, oraciones de la mañana y de la noche, en tiempos jansenistas, ¡más de cien mil Comuniones por año! Emplea Clemente medios nuevos de apostolado: funda una escuela para niños, un orfanato y un colegio-seminario. Incluso inicia una asociación de laicos con fuerte vida de piedad y compromisos de vida cristiana.

En 1808 es Napoleón el amo de Europa y decreta la expulsión de los Redentoristas de Varsovia. Un batallón interrumpe los cultos y Clemente sufre prisión por un mes. Se destruye su obra y solo se le ocurre decir: «Lo que nos parece una contrariedad nos lleva hacia donde quiere Dios». Es deportado. Varias veces más fue encarcelado, e incluso estuvo a punto de ser fusilado como espía.

De nuevo lo vemos en Viena –en el 1813– en un marco exterior pobre y oscuro. Ahora es el capellán de las Ursulinas y la casa se convierte en un fermento de vida católica al oírse predicaciones sobre la Iglesia, la Virgen, la Redención y los Sacramentos. Hasta tal extremo llega la vigilancia que se le llega a prohibir la predicación. Pero los enfermos y moribundos y pobres no se los quita nadie; los atiende espiritualmente y los consuela. Tiene contactos con estudiantes, artistas, profesores de universidad y mucha juventud de Viena inculcándoles las virtudes cristianas e impulsándoles a asumir sus responsabilidades. Les recomienda pobreza, humildad y frecuencia de sacramentos. En esta labor paciente y callada se está incubando el romanticismo católico (Müller, Federico Schlegel –converso del protestantismo–, Brentano, el pintor Overbeck en Roma, y el cardenal Rauscher). Se preparaba así una generación de cristianos influyentes en la nueva cultura que se instauraba en Europa.

Al final, parece que su vida es una continuada cadena de fracasos. Murió el 15 de marzo del año 1819. Al día siguiente se pudo poner, junto a sus restos, el decreto imperial que autorizaba la restauración de la Congregación en Polonia. El Papa había hablado de Clemente, en Roma, al emperador Federico II.

Y es que Dios sabe más. ¡Y puede más!