EN EL NOMBRE DE JESÚS.

Escrito por Comentarista 1 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Soy un desastre para los nombres. Muchas veces alguien se me presenta y a los dos minutos he olvidado su nombre. Luego muchas veces me da vergüenza preguntárselo (cada vez menos) ya que se supone que me lo sé. En ocasiones he pasado años sin tener ni idea de cómo se llamaba un feligrés y haciendo uso de todo tipo de impersonales para hablar con él. Eso sí, una vez que me lo aprendo es casi imposible que se me olvide, a pesar de que pasen muchos años. Debe ser cosa de prestar poca atención, y procuro que cada vez me pase menos. Es muy molesto hablar con alguien que supone que sabes su nombre y tú ni idea.

«¿Qué vamos a hacer con esta gente? Es evidente que han hecho un milagro: lo sabe todo Jerusalén, y no podemos negarlo; pero, para evitar que se siga divulgando, les prohibiremos que vuelvan a mencionar a nadie ese nombre.» Los llamaron y les prohibieron en absoluto predicar y enseñar en nombre de Jesús. Pedro y Juan replicaron: -«¿Puede aprobar Dios que os obedezcamos a vosotros en vez de a él? juzgadlo vosotros. Nosotros no podemos menos de contar lo que hemos visto y oído.» Si hay algo difícil, por no decir imposible, es que un cristiano olvide el nombre de Cristo. El nombre de Jesús tiene que estar en su cabeza y en su corazón. Y no sólo el nombre, como si fuese un hermosos recuerdo de alguien que pasó, sino su persona viva y resucitada.

Sin embargo muchas veces se ha quedado Jesús en un simple nombre. Mucha gente lo cita, le nombre, escribe libros y predica…, pero no es Jesús el Hijo de Dios, la segunda persona de la santísima Trinidad encarnada para redimirnos del pecado y de la muerte. Es otro del que hablan. Parece que enseñar en nombre de Jesús, del auténtico Jesús, es casi un pecado. Sin embargo no hay otro nombre que pueda salvarnos bajo el cielo y la tierra.

San Marcos nos hace hoy un resumen de las apariciones de Jesús resucitado a los discípulos. Un recorrido sin demasiados detalles, pero suficiente. Acaba con ese divino mandato:«ld al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación.» Y el Evangelio es la buena noticia de Jesucristo resucitado. No es la bondad, ni el amor, ni la solidaridad, ni la fraternidad, ni la igualdad ni ninguna otra palabra por grande o hermosa que sea. Todas esas palabras si no se apoyan en la vida de Cristo se quedan en nada, en algo vacío, sin sentido durante largo tiempo. Anunciar el Evangelio es anunciar a Cristo, y cuando uno se adhiere a Cristo se une con toda su persona y eso le lleva a cambiar de vida. No se cambia de vida para encontrarse con Cristo, sino que uno se encuentra con Cristo y tiene que cambiar de vida. Uno puede estar unido a Cristo desde su más tierna infancia, desde el día de su bautismo, o encontrarse con él en la adolescencia, o la juventud, o en la madurez, algunos en la vejez y más de uno en lecho de muerte. Pero sólo encontrándose con Cristo, acercándose a él, podremos pedir perdón por nuestros pecados en una buena confesión y seguirle. Y entonces todo se hace en el nombre de aquel que nos hace salvos.

Pidámosle a María que nunca apartemos el nombre de Jesús de nuestra vida y que nunca jamás lo cambiemos por otro.

 

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