Ayudarnos a reconocer al Señor

Escrito por Comentarista 9 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Existe una dificultad para aceptar lo extraordinario en nuestras vidas. Todo lo que supera lo previsible nos merece sospecha y más aún si resulta desproporcionado. Sin embargo, la vida cristiana conlleva, precisamente experimentar continuamente la sorpresa de la gracia. Así lo expresa san Pablo en la segunda lectura: “te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad”. Por el contrario, en el evangelio, se nos muestra la actitud contraria. Los habitantes de Nazaret saben de los prodigios obrados por Jesús, pero se resisten a aceptar su persona. En lugar de maravillarse ante la gracia buscan afanosamente la debilidad (los orígenes de Jesús, su familia) para, desde ahí, negar la autoridad que reconocen en sus enseñanzas. Por eso caen en la desconfianza, que está en oposición con la fe.

La humildad de la carne de Cristo contrasta con sus enseñanzas y acciones. San Agustín explica en sus Confesiones que él experimentó también esa reticencia ante el evangelio por la tosquedad de su lenguaje, comparado con la elocuencia de los autores clásicos que tan bien conocía. Dice: “Mi hinchazón rechazaba su estilo y mi corta vista no penetraba en su interior”. Esa es la paradoja y lo que le sucede a los habitantes de Nazaret. Creían conocer bien a Jesús y, sin embargo, se les escapaba su verdadera identidad. Lo miraban desde la autosuficiencia de quienes creían saberlo todo sobre él (su madre, su parentela, su oficio…) pero, en realidad eran unos ignorantes que, por orgullo, no veían. Precisamente el salmo hace referencia al “sarcasmo de los satisfechos” y al “desprecio de los orgullosos”. Estos son incapaces de reconocer el camino recorrido por Dios para acercarse a nosotros. A él alude la oración colecta de este domingo: “por medio de la humillación de tu Hijo levantaste a la humanidad caída”.

El Evangelio nos mueve también a colocarnos comunitariamente ante el Señor. A veces en lugar de ayudarnos los unos a los otros a reconocer las obras del Señor nos hundimos todos en el desánimo. Es lo que le sucede a los de Nazaret. Unos a otros, con esas preguntas aparentemente sabias, pero que contienen insinuaciones venenosas, se apartan de la verdad. Los unos se esconden tras las apreciaciones de los otros y, todos, se incapacitan para reconocer a Jesús. Por eso es importante juntarse a quienes nos enseñan a reconocer a Dios en todas las cosas y acontecimientos de la historia y huir de los que sólo interpretan los acontecimientos desde juicios humanos. La fe comporta una mirada distinta sobre la realidad. Los hombres de fe nos enseñan a ver de otra manera.

Vemos también como la vida de fe abre las puertas a la acción de Dios. No es extraño que los santos encuentren soluciones que pasan desapercibida para los incrédulos. El Señor se vale de ellos para actuar. Por el contrario, el escepticismo razonable de los hombres buenos (porque aquella gente acudía a la sinagoga y participaba del culto), nos impermeabiliza para a gracia. Hay una aparente sensatez que no es más que testarudez y obstinación. La misma que, leemos en la primera lectura, impedía escuchar al profeta que Dios enviaba a su pueblo. Es propio de Dios que obre maravillas y los humildes las reconocen y se alegran por ello.

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