No he venido a sembrar paz, sino espadas

Escrito por Comentarista 8 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Is 1,10-17; Sal 49; Mt 10,34-11,1

¿Qué?, ¿deberemos ir al traficante de armas para hacernos con ellas, nosotros que pensábamos a Jesús como un bienaventurado de la paz? ¿Ha dejado de serlo en este de pronto? Lo dudo, pues todo en Jesús parece llevarnos a ser amorosos y pacíficos. La cuestión está, seguramente, en que allá donde aparece Jesús diciendo y haciendo lo que dice y hace, parece que cristaliza en torno a sí odio y enfrentamiento. ¿Qué hará?, ¿por qué es de este modo? El designio de la Trinidad Santísima buscaba en él, en su carne, carne de Hijo, el crear de nuevo nuestra imagen y semejanza que las Manos de Dios había modelado y soplado en nuestra faz. Pero la reacción es violenta. Queremos ser como dioses. Queremos ser ricos epulones. Por encima de todo. Caiga quien caiga. Y eso solo se consigue con la violencia y la guerra. En ambos casos hay negocio, y hasta parecería que las cosas, incluso de la economía, funcionan mejor. ¿A qué viene, pues, este aguafiestas? Y para colmo dice que viene de parte de Dios y que es Dios, y que su empeño es cambiar nuestro moldeo y nuestra faz en eso que dice ser nuestra misma naturaleza que nosotros dejamos perder. Hay que acabar con ese Dios tan exigente y complicado. Si al menos fuera un Uno bien comprensible, pero se mete en esas turbiedades del tres en uno y del uno en tres, que solo buscan nuestro ofuscamiento. No quiero ser moldeado por nadie ni que nadie me resople en las narices. ¿Que no soy digno de él, dice? Y a mí qué me importa. Mejor. Quiero ser yo el que moldee a los demás y les resople en la cara, para hacerme con ellos. Soy yo quien decide su naturaleza, en estricta comunión de obliganza con la mía. Su libertad comienza donde termina la mía.

De esta manera, quien sembraba y siembra paz, resulta que recoge espadas, ¿que se dirigen contra quién? ¿Contra los inocentes y los pobres, los que nada tienen? No, se dirigen contra él. Él es quien morderá el polvo de la violencia y de la muerte. Carne modelada del limo en la que el Creador ponía todo su designio de amor, para que en él encontráramos nuestra naturaleza verdadera, ser de amorosidad, que ahora es deshecha en la cruz y en la lanzada sobre su pecho muerto. Su limo es paz, materia carnal que reivindica la no violencia; que deja hacer a quienes manejan la espada. Y, además, no ha de ser fruto de una explosión, fruto de un instante, sino algo que, sembrado, va madurando para dar brotes continuados de violencia. A él le aconteció. A nosotros nos ha de acontecer. Bienaventurados los pacíficos, porque morirán explotados por la espada. Y esa será la acción de gracias que ofreceremos a nuestro Dios.

Nosotros, pase lo que quiera pasar, buscaremos la justicia, defenderemos al oprimido, seremos abogados del huérfano, defensores de la viuda. ¿Qué por eso, como aconteció con Jesús al que nosotros buscamos seguir, aunque demasiadas veces lo hagamos tan mal, nos atacan a espada? Malo es, pero pondremos el cuello a lo que quieran hacer de nosotros. ¿Será fácil? Claro que no. ¿Tendremos fuerzas? Pedidlas y se os darán. El Espíritu Santo hablará con nuestra lengua y pondrá en nuestras manos el juego de la paz. De este modo, siguiendo al Hijo, por la justificación que nos ofrece con su muerte en la cruz, llegaremos al Padre.

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