Un corazón quebrantado y humillado, tú, Dios mío, no lo desprecias

Escrito por Comentarista 8 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Jon 3,1-10; Sal 50; Lc 11,29-32

Curiosa historia la del profeta Jonás. No quiere oír al Señor que le envía, y escapa en la otra dirección, embarcándose en el Mediterráneo camino de lo más alejado. Tras escaramuzas brillantes entre Dios y él, se levanta y va a Nínive a predicar: por sus pecados: en cuarenta días serán destruidos por la poderosa mano de Dios. Mas, ¡ay!, acontece lo nunca imaginado: los ninivitas se convierten y Dios ve cómo dejan su mala vida, arrepintiéndose de la catástrofe con que les había amenazado, y no la ejecuta. Ya no seguimos leyendo, pero el cabreo de Jonás es morrocotudo, él hubiera preferido que se cumpliera la amenaza, y, sin embargo, triste hasta quedar al borde de la muerte, se encuentra con la sonrisa gozosa de Dios en el gusano del árbol de ricino bajo el que se echa para no morir de desazón y de calor. Merece la pena leer la historia entera de Jonás: la conversión es posible, el cabrero monumental del profeta, también, y, por fin, nos gozamos en la sonrisa de Dios.

Cabe el grito pidiendo misericordia al Señor. Cabe la llamada angustiosa a su enorme compasión, que puede borrar mi culpa. Cabe que lave en mí por completo mi yerro y limpie mi pecado. Puedo pedirle que cree en mí un corazón puro: crear de nuevo, pues la primera quedó maltratada, cuando no ennegrecida hasta casi no poder reconocerla. Un corazón nuevo, un cielo nuevo y una tierra nueva, pues puede renovarme por dentro con espíritu firme. ¿Qué habría de ser de mí si me arrojara definitivamente de la cercanía de su rostro, de su mirada compasiva? Mi corazón está roto hasta el quebranto, reseco hasta la humillación, y miro al Señor Dios para que no me abandone. ¿Será posible?, ¿no se me habrá secado también la fuente de aquel vivir en-esperanza?, ¿podré todavía confiar en el Señor, quien en medio de todo, con mi mirada puesta tan lejos de él, no me abandona, y su mirada continúa arropándome en su ser de amorosidad que nunca desfallece? ¿Qué verá en mí, cuando tengo casi perdida por completo la imagen y la semejanza con que fui creado? ¿Tendría que darme todo de nuevo, aventando fuera de mí lo que soy para crearme otro, para crear otro distinto que yo mismo? Qué fracaso sería. Renueva mi corazón y, por obra de tu torrentera de amor, arramblando conmigo en esa vorágine de pasión por mí, mirando al Hijo, rehaz en mi persona la criatura que modelaste con tus manos.

En Cristo, la imagen y la semejanza no se perdió, al contrario, se nos ofrece en su prístina pureza. ¿Dónde? Misterio de Dios. En la muerte en cruz de esa carne en todo igual a la mía, excepto en el pecado. Su sangre me salva. El agua y la sangre que, tras la lanzada a su cuerpo muerto, salieron de su costado, me hacen un ser nuevo; me hacen ser de nuevo, con una novedad de futuro. Su sangre me alimenta. Su agua me purifica. Bautismo y eucaristía. Criatura nueva, miembro de la Iglesia de Dios. Misterio de Cristo. Ahora, mirándole a él, recobro con creces lo que tenía perdido por mi pecado. Criatura modelada a imagen y semejanza del Hijo, en quien me encuentro con aquello que mi naturaleza me dona. Mi ser, ahora, entrometido en la arrebatadora vorágine del amor de Dios, se hace en plenitud ser de amorosidad. Misterio del hombre. Misterio de la mujer.

La compasión de Jesús es infinita.

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