Domingo de la 7ª semana de Pascua. La Ascensión del Señor – 01/06/2014

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Comentario Pastoral
NO “ENCIELAR” A CRISTO

Los altibajos, tan de moda hoy, no solamente pueden ser síquicos o sociológicos sino espirituales. Hay momentos alternativos en que los pies se sienten muy hondos por el suelo y el alma muy alta por el cielo, como diría Juan Ramón Jiménez. La verdad es que cuando se tiene conciencia de que estamos “bajos”, entonces se puede “subir” y ascender.

La Iglesia celebra hoy el misterio, no el simple hecho, de la Ascensión del Señor. Porque Cristo bajó a la realidad de nuestro mundo, a la verdad de la carne humana, al dolor de la muerte, por eso Cristo subió por la resurrección a la gloria del Padre, llevando cautivos y comunicando sus dones a los hombres.

El misterio de la Ascensión no es simple afirmación de un desplazamiento local, sino creer que Cristo ha alcanzado la plenitud en poder y gloria, junto al Padre. La Ascensión es la total exaltación. Esta solemnidad es día propicio para meditar en el cielo, como morada, como presencia de Dios. Frente a definiciones complicadas hoy brota casi espontánea la afirmación de que el cielo es presencia y el infierno ausencia de Dios.

¿Cómo el hombre puede vivir en presencia de Dios y tener experiencia celeste durante su paso por la tierra? En el evangelio encontramos la respuesta contundente: “guardando las palabras del Señor, amando”.

Por eso hay que evitar el peligro de “encielar” a Cristo, de llevarlo arriba desconectado de lo que pasa aquí abajo, de desterrarlo y perderlo. Quizás para algunos es más tranquilizante dejar a Cristo en el cielo para así poder vivir menos exigentemente en la tierra. Piénsese que de la misma manera que la encarnación no supuso abandono del Padre, la ascensión no es separación y abandono de los hombres. A Cristo se le encuentra presente en la plegaria y en la acción, en los sacramentos y en los hermanos, en todos los lugares en que su gracia trabaja, libera y une.

No os quedéis mirando al cielo, sino extendiendo su reino y su presencia, acabando su obra de aquí abajo, es el mensaje de los ángeles de la ascensión.

Andrés Pardo

 

 

Palabra de Dios:

Hechos de los apóstoles 1, 1-11 Sal 46, 2-3. 6-7. 8-9
san Pablo a los Efesios 1, 17-23 san Mateo 28,16-20

Comprender la Palabra

El relato lucano de los Hechos 1,1-11, es la descripción más detallada y completa del acontecimiento de la Ascensión, pues la sitúa en el tiempo y en el espacio con abundancia de detalles a pesar de su brevedad. En primer lugar, se afirma el hecho teológico de la vuelta gloriosa de Cristo en las nubes del cielo; en segundo lugar, se afirma el hecho de la glorificación definitiva de Jesús; en tercer lugar, se afirma que está a la derecha del Padre pero sin detalles escenográficos de cómo ocurrió; en cuarto lugar, se entendió la ascensión como el momento en que Jesús, después de haber recibido plenos poderes en el cielo y en la tierra (Mateo), envía a los apóstoles a evangelizar por todo el mundo; finalmente, Lucas ofrece un relato detallado de las circunstancias que rodearon el acontecimiento, valiéndose de las imágenes que le proporcionaba la Escritura y la literatura apocalíptica: nubes, cielo, ángeles, etc.

En la segunda lectura el autor de la carta a los Efesios, reflexiona sobre el misterio de Cristo y de la Iglesia. Insiste en la supremacía de Cristo amenazada por la presencia de doctrinas extrañas que aparecieron en la comunidad cristiana. Sólo Cristo es el centro de la unidad porque sólo él es el Salvador. Jesús es declarado por el Padre como Rey de reyes y Señor de los señores. Es una comprensión muy sobria en el plano de la narración, pero densa en su teología: la declaración de la primacía exclusiva de Jesús, que es la Cabeza. La Iglesia ya desde ahora vive en la certeza de seguir los pasos de su Señor, y un día, también ella conseguirá la plena glorificación. El camino de la Iglesia es una “via-crucis-gloriae”. En la historia experimenta la realidad de la cruz, pero ésta no es el destino final.

El evangelio presenta el final del relato materno y supone una conquista: la apertura universal del Evangelio como fruto y consecuencia del acontecimiento pascual. Si en Mt 10 Jesús envía a los apóstoles a las ovejas perdidas de Israel; ahora los envía a todas las gentes invitándolas a entrar en la salvación.

“Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”. Así termina Mateo el relato de la vida y obra de Jesús. Todo queda abierto al futuro. La Ascensión es entendida como la posibilidad de perpetua presencia del Jesús glorioso en la historia hasta que vuelva de nuevo. Esta perpetua presencia de Jesús junto con la del Espíritu hace posible y fecunda la tarea evangelizadora de la Iglesia. Se trata de un presente de prolongación permanente, de continuidad. No hay ruptura: desde este instante y para siempre. Jesús se va, pero no se desentiende de este mundo. Por eso la Iglesia puede proclamar en cada celebración eucarística que hace presente, sacramentalmente, todo el misterio de Jesús: ¡Ven Señor, Jesús!.

Ángel Fontcuberta

 

al ritmo de las celebraciones


Solemnidad de Pentecostés

La celebración pascual alcanza en este día su culminación con el recuerdo de la venida del Espíritu Santo. Esta solemnidad cuenta con dos formularios para la celebración de la misa, uno para la vigilia y otro para el día. La liturgia vigiliar insiste una y otra vez en el Espíritu Santo en cuanto promesa del Antiguo y Nuevo Testamento, mientras la Misa del día lo presenta como realidad ya cumplida y gozosamente gozada por la Iglesia. El leccionario ofrece cuatro lecturas del Antiguo Testamento en la Misa vespertina de la Vigilia: la torre de Babel (Gén 11), la Alianza del Sinaí (Ex 19), la resurrección del pueblo (Ez 37) y la promesa de Joel (Jl 2,28-32) para que cada comunidad escoja la más apropiada. El evangelio presenta el anuncio hecho por Jesús en la fiesta de los Tabernáculos, refiriéndose al Espíritu Santo que habrían de recibir los creyentes, Espíritu que brotó del Cuerpo de Cristo en la Cruz (Cf Jn 19,30-34); 1Jn 5,6). La segunda lectura (Rom 8,22-27), como un eco de la profecía de Joel, habla de la acción del Espíritu en el corazón de los creyentes.

La primera lectura de la Misa del día (Hch 2,1-11) describe la venida del Espíritu Santo sobre el grupo apostólico en una teofanía de profundas resonancias bíblicas. Esta venida del Espíritu, acompañada por los signos del viento, el ruido, el fuego y las lenguas habladas, representa la nueva Ley y la nueva Alianza divina, entregadas a la Iglesia de Cristo y escritas en el corazón (cf. rom 8,2; Ez 36,26s.; Jr 31,31-34).

La liturgia nos introduce en el misterio de esa acción invisible y suave del Espíritu que penetra, consuela, llena, riega, sana, lava, calienta, guía, salva, etc., porque es luz, don, huésped, descanso, brisa, gozo, etc., (cf. Secuencia de Pentecostés). Todas estas acciones las realiza el Espíritu siempre, pero particularmente en los sacramentos del Bautismo y de la Eucaristía, sacramentos vitales para la Iglesia. Bautizados en el Espíritu, bebemos en el cáliz del Señor la bebida espiritual que es la sangre de la alianza nueva (cf. 1Cor 10,16; Mt 26,27).


Ángel Fontcuberta

 

Para la Semana

Lunes 2:
Hechos 19, 1-8. ¿ Recibisteis el Espíritu Santo al aceptar la fe?

Sal 67. Reyes de la tierra, cantad a Dios.

Juan 16,29~33. Tened valor: yo he vencido al mundo
Martes 3:
San Carlos Luanga y compañeros mártires de Uganda, condenados por el rey en el siglo XIX.

Hechos 20,17~27. Completo mi carrera, y cumplo el encargo que me dio el Señor Jesús.

Sal 67. Reyes de la tierra, cantad a Dios.

Juan 17, 1-11 a. Padre, glorifica a tu Hijo.
Miércoles 4:
Hechos 20.28-38. Os recomiendo a Dios, que tiene poder para construiros y haceros partícipes de la herencia.

Sal 67. Reyes de la tierra, cantad a Dios.

Juan 17,11b-19. Que sean uno, como nosotros.
Jueves 5:
Hechos 22,30; 23,6-11. Tienes que dar testimonio en Roma.

Sal 15. Protégeme, Dios mío, que me refugio en tí.

Juan 17.20-26. Que sean completamente uno.
Viernes 6:
Hechos 25,13-21. Un difunto llamado Jesús, que Pablo sostiene que está vivo.

Sal 102. El Señor puso en el cielo su trono

Juan 21,15-19. Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas.
Sábado 7:
Hechos 28,16-20.30-31. Vivió en Roma, predicando el reino de Dios.

Sal 10. Los buenos verán tu rostro, Señor.

Juan 21,20-25. Este es el discípulo que ha escrito todo esto, y su testimonio es verdadero.

 

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