Para el cansancio, un buen complemento alimenticio

Escrito por Comentarista 2 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Por más que nos venden la moto de la calidad de vida y del bienestar personal, y por más que se multiplican las aromaterapias, las musicoterapias, las hipnoterapias, los herbolarios, las técnicas de relajación, y todo tipo de terapias alternativas, naturistas, homeopáticas y energéticas, que nos sanan la mente y el cuerpo, lo cierto es que no hay día que no acabemos muertos de cansancio, y nos vayamos a la cama con la cabeza llena de agobios y problemas. Y eso sin contar los días en que, sentados en la cama y con los pies en las zapatillas, nos levantamos pensando en la hora en que volveremos a pillar la cama para dormir, dormir y dormir. Luego, como es natural, llega el momento de pensar también en todo tipo de complejos vitamínicos y de complementos alimenticios que nos ayuden a conciliar el sueño, a mejorar nuestro sistema nervioso, inmunológico, hepático y cardiovascular, además de recuperar los niveles de zinc, de hierro, de potasio, de calcio, de proteínas, de vitamina A, B, C, D, E, F, G…

El cansancio parece ser la gran enfermedad de nuestra época. Sólo que, muchas veces ese cansancio procede no tanto del montón de agobios que nos vienen de fuera –que también–, sino de no saber dónde está el centro del alma y del corazón. Cuántos días se nos pasan dedicados a derramar el agua interior del alma por los agujeros de ese múltiple colador que son las prisas y ocupaciones del día a día; y cuántas horas se nos pasan acumulando, incluso en nombre de Dios, del bien y del apostolado, un activismo desordenado y muhas veces estéril, que nos llena el corazón de cosas y de uno mismo, y hasta termina alejándonos de Dios.

Con todo ese ruido dentro, qué bien suena esa Palabra de Dios que nos invita hoy al descanso y al sosiego: “Venid a Mí todos los que estáis cansados y agobiados…”; “El Señor no se cansa, no se fatiga… él da fuerza al cansado… se cansan los muchachos, se fatigan, los jóvenes tropiezan y vacilan; pero los que esperan en el Señor renuevan sus fuerzas, echan alas como las águilas, corren sin cansarse, marchan sin fatigarse”. Sí, sí, esto es muy bonito… pero, por más que nos repetimos una y otra vez que Dios es así, cuando volvemos a la rutina diaria, nos pueden otra vez las prisas y los mil agobios desordenados, que tantas veces no queremos y no podemos dejar de hacer.

Hemos sustituido el descanso por el ocio; hemos llenado el ocio de múltiples actividades y ocupaciones que nos hacen perder el norte; y hemos recargado esas actividades y ocupaciones con relaciones vacías y estériles que fatigan el alma y nos distraen de lo verdadera y sencillamente importante. Aprender a descansar en Dios requiere un esfuerzo interior que, muchas veces, nos fatiga más que hacer senderismo o deporte de alto riesgo. Y, sin embargo, el alma también se cansa y debilita, también necesita ese complemento alimenticio que se encuentra sobre todo en la relación sosegada y el trato sereno con Dios a través de la oración.

Tenemos muchas cosas que hacer, muchas prisas, y muy poco tiempo, porque oramos poco y mal. Y no es que los problemas hayan de resolverse solo con rezar; o que, por el hecho de rezar, tengamos más derechos que otros que no rezan a que Dios nos haga unos cuantos milagritos para solucionarnos la vida. Se trata sobre todo de crecer en la confianza en Dios, de saber esperar su mano, de apoyarse, como el hijo, en el hombro y en el corazón de un Padre, que conoce bien todos nuestros desvelos. “Alzad los ojos a lo alto y mirad: ¿Quién creó todo?”. Tan grande es su poder, ¿y tú y yo andamos todavía preocupados porque nuestro juguete se ha roto o se ha quedado sin pilas nuestra muñeca que ríe y llora? Santa Teresa de Jesús diría que también entre los pucheros anda el Señor; también podríamos decir que entre nuestros juguetes también juega el Señor.

"Trackback" Enlace desde tu web.