Domingo de la 3ª semana de Pascua – 10/04/2016

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Comentario Pastoral

RECONOCER AL RESUCITADO

Prosigue el gozo de la Pascua: “La tierra entera aclama al Señor, la Iglesia canta himnos a su gloria, el pueblo fiel exulta al verse renovado en el espíritu y al haber recobrado la adopción filial”. La figura central de las tres lecturas bíblicas de este domingo es Cristo resucitado, que se aparece a los apóstoles, mientras están pescando, y dispone la comida en la playa a su regreso. Es un evangelio rico en matices, de significados y reacciones.

A la indicación de Simón Pedro, el pescador fuerte, los apóstoles van a pescar quizás por necesidad, o por desahogo de instinto profesional o por querencias y reclamo del mar. Ellos, en otro tiempo tan expertos, se pasan toda la noche sin coger nada; ni un solo pez compensa su vigilia y agotamiento. y al amanecer, la voz de un desconocido les llega desde la playa indicándoles que echen la red a la derecha. ¡ Cuántas noches y días de esfuerzo vano y de trabajo estéril pasamos todos! Si sabemos llegar vigilantes al alba y escuchamos la voz amiga y obedecemos sus indicaciones, lograremos también una pesca abundante.

Me impresiona fuertemente la docilidad de los apóstoles, avezados y curtidos pescadores, que dejando a un lado su experiencia profesional siguen limpiamente la indicación que les hace el desconocido de la playa. Es una lección permanente para saber recibir y obedecer la Palabra nueva del Resucitado, no obrar solamente guiados por nuestro propio saber.

Al ver el milagro reconocen al Señor. Pedro con tantos esfuerzos para sacar la red no se había dado cuenta de quien le hablaba. Es necesario que su amigo Juan le indique: “es el Señor” y entonces va el primero a su encuentro, ya que no ha sido el primero en identificarle. A nosotros nos puede pasar lo mismo ante los afanes de este mundo y los esfuerzos por lo inmediato. No descubrimos al Señor presente, a Cristo resucitado, al Hijo de Dios que está a nuestro lado. A Dios lo pensamos y figuramos demasiado lejano, demasiado celeste; y sin embargo, está a la orilla de cada empresa o trabajo, para darnos su pan, el alimento de la eternidad, y examinarnos del amor.

Andrés Pardo

 




 

Palabra de Dios:

Hechos de los apóstoles 5, 27b-32. 40b-41 Sal 29, 2 y 4. 5 y 6. 11 y l2a y 13b
Apocalipsis 5, 11-14 San Juan 21, 1-14

de la Palabra a la Vida

Es incontable lo que se ha escrito sobre un pasaje tan lleno de simbolismo como el que nos encontramos en el evangelio de hoy: la pesca milagrosa, la confesión de amor de Pedro, su designación como Pastor de la Iglesia… con su delicadeza domina la Liturgia de la Palabra en este domingo.

Aunque por una parte se atribuye desde la crítica exegética al capítulo 21 de Juan el hecho de ser una adición posterior al evangelio, no se conoce sin embargo manuscrito que no lo lleve. Seguramente, ya había sido martirizado mucho antes el apóstol Pedro cuando es escrito este pasaje, y eso ayuda a entender también su sentido.

El que, en domingos anteriores ha aparecido como testigo (él mismo se atribuye esa cualidad en la primera lectura: “testigo de esto somos nosotros”, y con esa cualidad permanecerá hasta su martirio), hoy es convertido por Cristo en Pastor.

El evangelio comienza hoy con el relato de la pesca milagrosa, pesca de tonalidad claramente eucarística, pues Jesús da de comer pan y pescado, como en aquella multiplicación de los panes de Jn 6. Él mismo es el pan vivo, ya partido en su entrega pascual, y él mismo es el pez (así se lee su nombre en griego). También, por tanto, este pasaje dirige nuestra mirada hacia el final de los tiempos, cuando Cristo nos haga sentar para darnos de comer Él mismo: la Pascua ha dado comienzo a la Parusía, y la Iglesia, representada por los apóstoles, contempla con expectación la visión del vencedor.

Esa intimidad de la comida pascual da paso a la profesión de amor de Pedro que, consciente ahora de su debilidad tras las negaciones, no puede prometer amar, sino querer. No es obstáculo esto para el Señor, que le advierte, en el momento culminante del diálogo, acerca del momento culminante de su existencia, su muerte por el nombre de Cristo, signo del amor que ahora promete. Así, el que ha comenzado el pasaje evangélico ciñéndose la túnica para echarse al agua, concluye el mismo advertido de que, al final, será ceñido y llevado donde no quiera. Para poder hacer así, necesitará un amor mayor que los demás.

La Pascua recuerda a la Iglesia el amor sin fisuras de Cristo por nosotros. En su diálogo con Pedro no hay reproche, hay una firmeza y una fidelidad que no permiten dudar ni echarse atrás: no es una elección casual ni desesperada, sino confiada y llena de amor. En esa elección podemos nosotros también respirar seguros. El primado de Pedro descansa sobre la elección y cuidado del que es nuestro único Pastor, Cristo.

La Iglesia, fruto de la Pascua, recibe la piedra sobre la que se edifica, una piedra que conoce y se apoya en el misterio pascual de Cristo. ¿Cuál es el lugar de Pedro y sus sucesores en la celebración de la Iglesia? Su nombre cada domingo en el seno de la Plegaria Eucarística no es aleatorio, no es por educación, simboliza la comunión de la Iglesia y con la Iglesia, y por tanto con Cristo, su cabeza.

En aquel paseo a orillas del lago, Cristo estaba poniendo los fundamentos de nuestra comunión con Él. Aquella noche junto al lago, la Pascua seguía extendiendo su imparable fuerza hasta los confines del tiempo y el espacio, hasta alcanzar la alabanza del Apocalipsis, única digna para el Cordero degollado y Pastor eterno.

Diego Figueroa

 



al ritmo de las celebraciones


El tiempo pascual en el Año de la misericordia

El subsidio para el Jubileo de la Misericordia recomienda, en su capítulo dedicado a la liturgia, lo siguiente: “Los pastores no dejarán, con ocasión de la Semana Santa y del Tiempo Pascual, de mostrar la imagen del Padre que ha salvado y que continúa salvando. Él ha mostrado misericordia con respecto a Israel, su pueblo, y no se cansa tampoco hoy de revelar su rostro misericordioso a quienes acogen el don de la fe en las aguas de la fuente”. De esta forma se nos recuerda la importancia del sacramento del bautismo, que nos ha abierto las puertas del cielo haciéndonos hijos de Dios.

Es un tiempo oportuno para hacer memoria de nuestro bautismo, para dar gracias a Dios por el amor que ha tenido con los neófitos de la Iglesia, para peregrinar al lugar en el que fuimos bautizados y rezar el Credo ante la pila bautismal. La misericordia del Padre es eterna, y el don de ser hijos suyos puede ser agradecido cada día. Sirva esta oración colecta de esta semana de Pascua para animarnos a ello: “Señor, tú que abres las puertas de tu reino a los que han renacido del agua y del Espíritu, acrecienta la gracia que has dado a tus hijos, para que, purificados de sus pecados, alcancen todas tus promesas. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén”.

 


Diego Figueroa

 

 

Para la Semana

Lunes 11:

San Estanislao, obispo y mártir.Memoria.

Hechos 6,8.15. No lograban hacer frente a la sabiduría y al espíritu con que hablaba.

Sal 118. Dichoso el que camina en la voluntad del Señor.

Juan 6,22-29. Trabajando no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna.
Martes 12:

Hechos 7,51-8,la. Señor Jesús, recibe mi espíritu.

Sal 30. A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu.

Juan 6,30.35. No fue Moisés, sino que es mi Padre el que da el verdadero pan del cielo.
Miércoles 13:

Hecho 8,1b-8. Al ir de un lugar a otro iban difundiendo el Evangelio.

Sal 65. Aclamad al Señor, tierra entera.

Juan 6,35-40. Esta es la voluntad del Padre: que todo el que ve al hijo tenga vida eterna.
Jueves 14:

Hecho 8,26-40. Siguió su viaje lleno de alegría.

Sal 65. Aclamad al Señor, tierra entera

Juan 6,44-51. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo.
Viernes 15:

Hechos 8,26-40. Siguió su viaje lleno de alegría.

Sal 65. Aclamad al Señor, tierra entera.

Juan 6,44-51. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo.
Sábado 16

Hechos 9,31 -42. La Iglesia se iba construyendo y se multiplicaba, animada por el Espíritu Santo.

Sal 115. ¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?

Juan 6,60-69. ¿A quien vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna.


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