Pedro Esqueda Ramírez, sacerdote y mártir (1887-1927)

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Santos: Cecilia, virgen y mártir; Filemón, Apfías, Columbano, Ultán, confesores; Agapión, Sisinio, Agapio, Julián, Ulberto, Marcos, Esteban, Mauro, mártires; Pedro Esqueda Ramírez, sacerdote y mártir; Pragmacio, obispo; Daniel, Sabiniano, abades; Eugenia, Trigida, abadesa de Oña.

El Padre Pedro pasó haciendo el bien siendo coadjutor o vicario en la parroquia de San Juan de los Lagos, Jalisco, México, y murió haciendo el bien.

Los niños fueron el punto de referencia de su ministerio sacerdotal. A ellos se dedicó con la ilusión de prepararlos para que hicieran un México mejor que el que él encontró. Sabía muy bien que era preciso inculcarles la fe en el Dios único y verdadero que reveló en el marco de la historia humana el Redentor.

Como en ese proyecto era imprescindible contar con la familia –el primero de los vehículos naturales para la fe–, había que prestar a los padres una atención preferente.

Y, considerando certeramente que la catequesis es bastante más que una mera instrucción religiosa, que no es otra cosa que llevar a Jesucristo a los demás, la presencia verdadera y real de Jesucristo en la Eucaristía tenía que ser el centro alrededor del cual girara todo su cometido.

Puesto por su obispo en la parroquia de San Juan de Lagos, Jalisco, diócesis de San Juan de Lagos, como coadjutor o vicario, se entregó por entero a la labor pastoral por más que los tiempos que corrían eran muy difíciles y a menudo no quedaba otro remedio para el sacerdote que vivir en la clandestinidad. Aprovechó los períodos de menor tensión para fundar varios centros de estudio y una escuela para la formación de catequistas.

Siempre fue muy devoto del Santísimo Sacramento. En plena persecución se las ingeniaba para organizar a las familias con el fin de que no faltaran a la guardia perpetua a Jesús Sacramentado en sus casas particulares. Con tamaña pasión y ejerciendo el ministerio sacerdotal en el mismo pueblo donde había nacido –el día el 29 de abril de 1887– no era difícil imaginar el probable desenlace de aquella actividad.

Un día lo apresaron. Desde el primer momento lo maltrataron; fue tan duramente golpeado, que se le abrió una herida en la cara. Un militar después de haberlo aporreado le dijo: «Ahora ya has de estar arrepentido de ser cura»; a lo que contestó serenamente el Padre Pedro: «No, ni un momento, y poco me falta para ver el cielo».

El 22 de noviembre de 1927 fue sacado de su prisión para ser ejecutado; los niños le rodearon nada más verlo en la calle, y el Padre Esqueda insistentemente le repitió a un pequeño que caminaba junto a él: «No dejes de estudiar el catecismo, ni dejes la doctrina cristiana para nada». Y en un pedazo de papel escribió sus últimas recomendaciones para las catequistas. Se ve que aquello era lo que llevaba en el alma y que no perdía bocado en transmitirlo.

Al llegar a las afueras del poblado de Teocaltitlán, Jalisco, le dispararon tres balas que cambiaron su vida terrena por la eterna.

En bastantes ocasiones, la catequesis impartida ha tenido más defectos de los que nos gustaría. A veces se la reducido a la enseñanza de los rudimentos de la fe con motivo de la Primera Confesión y Comunión de los niños; también hubo equivocación cuando se encomendó a catequistas poco preparados en los contenidos; en otras ocasiones no se ha medido bien la ejemplaridad y madurez de quienes la impartían, corriendo el riesgo de tirar por la ventana lo que se enseñó y aprendió por falta de coherencia en la vida cristiana, y eso es un fallo; pero en cada época y lugar se ha hecho lo que se ha podido con más o menos eficacia. El saldo final, después de veinte siglos y a pesar de los errores, es positivo. Cada generación ha ido pasando el palitroque de este magnífico menester a la siguiente. Y, desde luego, está el Espíritu Santo que va dando su gracia, el mejor de los ingredientes para suplir las deficiencias y conseguir que el producto final sea bueno. Con el sacerdote Pedro Esqueda Ramírez hay un nuevo intercesor por esta labor primordial desde que el papa Juan Pablo II lo canonizó en Roma, el 21 de mayo del año 2000.

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